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Ya están llegando, ya vienen, surgen de partes insospechadas, no son propiamente malos ni malandrines. Son candidatos o mejor precandidatos y casi a nada: a la Presidencia de la República. Y en primer lugar se dejan ver los delfines.
Simoncito Gaviria es uno de ellos. Se sabe, en corrillos políticos, que su nombre va y viene como carta de comodín en los acuerdos de gobernabilidad. El presidente César Gaviria, que ha visto madurar a su hijo en forma tan prematura, sabe muy bien cómo posicionarlo y de ahí partir hacia la negociación de apoyo al Gobierno.
Uno dice, cómo es posible que ese niño —el del chicle bomba— pueda haber sido jefe de Planeación con Juan Manuel Santos y ahora califique para ministro con Iván Duque.
Es de la naturaleza humana que un crío que no ve en su padre a un trabajador ordinario, de esos que luchan al sol del mediodía para que en su hogar no falte el almuerzo y alcance para la pensión del estudio, sino al excelentísimo señor presidente de la República, rodeado de personas mayores, hombres y mujeres bien puestos y perfumados, pero todos inferiores y dependientes suyos, tiene que pensar que ese mismo es su futuro, para él apenas un monótono trabajo gubernamental.
Ya le ha timbrado en el oído el campanazo de la Presidencia al vástago del presidente Gaviria, Simón Gaviria Muñoz, y cómo no que preguntado por el periodista sobre su posible nominación al más alto cargo de la democracia, ha dicho algo así como que aún es temprano para pensar en ello, con la falsa modestia que de quien lo está acariciando.
Un seguro opositor de Gustavo Petro, quien está ya consagrado por la izquierda política, a una con marchas y cacerolas, viene siendo, como es sabido, el gran Sergio Fajardo (inmensa portada de “Bocas” de El Tiempo, con un párpado caído y elegantes arrugas de cuero fino), un antioqueño sin par, gran gobernador, tildado de tibio a fuerza de equidistante.
Ya lanzado al ruedo, antes de que se le adelanten Clara López, Iván Cepeda o alguien más, está el ínclito charlista, orador profuso, conocedor excesivo de todos los temas y muy solitario en sus legítimos planes políticos, Jorge Enrique Robledo, gran jefe Cabeza Blanca del bien pensar y de la honorabilidad.
Por el Centro Democrático no se vislumbra quién pueda suceder a Iván Duque, ni tampoco qué le pueda suceder a éste, quiero decir, si su mandato termina con aceptación o con el despojo de favorabilidad a que se le sometió desde un principio por amigos del gobierno anterior y por los de una franca tendencia revolucionaria con visos de pacifista. Para ganarse los insultos más bajos no veo quién se le esté midiendo por ahora, ni el redivivo Óscar Iván (el “Zorro”, burlado presidente del 14), ni Paloma, ni Nieto Loaiza, ni Londoño, ni el benemérito bachiller (para mí sí que lo es).
Son más, seguro, son más.