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Una espada fue durante mucho tiempo el tesoro más preciado de don Carlos.
En las casas en que vivió siempre ocupó el lugar de honor, allí a la vista de todos, para que todos preguntaran por ella y él pudiera relatar su historia. Tiempo después, ya adulto, hilaba los acontecimientos de la espada con sus años en la Academia Militar de Sandhurst, en Inglaterra, y bajaba la voz para que le pusieran mayor atención cuando contaba que su gran amigo allí había sido don Alfonso XII, el futuro Rey de España.
Decía que había sido él quien lo había rebautizado con el apodo de El Ñato una tarde en que los dos se escaparon para vengar una afrenta de honor. A don Alfonso le molestaba que lo llamaran The King, refería, pero explotaba cuando lo hacían con una afectación especial que entre él y sus compañeros sólo quería significar Enrique VIII, y Enrique VIII por lo sanguinario, no por lo político. La noche anterior a la disputa, una mujer muy blanca se presentó en su habitación. Cuando don Alfonso abrió su puerta ella le preguntó si él era The King. Lo hizo con aquella afectación que tanto lo irritaba y le entregó un papel en el que se le ofrecía como amante, esposa y víctima. Firmado: Ana Bolena.
Al día siguiente, después de clases, don Alfonso llamó a aquel extraño americano con rasgos de árabe que en ocasiones le hacía la charla y con él fue tras los culpables al pub donde casi todas las noches se reunían. La discusión acabó en trifulca y la trifulca en sangre. Al americano de rasgos árabes le quebraron la nariz. Él dejó inconscientes a dos contrincantes. Con el tiempo aquellos sucesos se transformarían en leyenda. En Sandhurst dirían que en sus épocas de estudiante y por el amor de una mujer, don Alfonso de Borbón se había liado a puñetazos con unos compañeros de clase acompañado por un americano y que aquella contienda había finalizado con un muerto.