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El Hay: imposible de criticar

Juan Carlos Botero
02 de febrero de 2012 – 06:00 p. m.

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Concluyó el Festival Hay en Cartagena, y el resultado fue espectacular. Por eso me llama la atención escuchar, aquí y allá, palabras negativas sobre el festival, cuando después de todo lo que pude ver me pareció lo contrario: imposible de criticar.

¿En qué consisten esas críticas? La mayoría se resume en una palabra: elitista. Es decir, que el festival beneficia apenas a unas cuantas personas, y el término arrastra una connotación negativa, de segregación al servicio de ricos, como si todo el esfuerzo que se requiere para organizar tantos debates, charlas y conciertos; la logística para trasladar la cantidad de invitados a Cartagena; darles hospedaje, comida y transporte; en fin, que todo esto se hace para distraer a un puñado de privilegiados.

Esa crítica es absurda, y al menos por dos razones. Primero, porque en cada plaza, salón y teatro en donde se hacen las conferencias hay una auténtica mezcla social y están presentes personas con toda clase de gustos y orígenes distintos. Segundo, porque se trata de la falacia de siempre, que es confundir un hecho elitista con uno minoritario. El hecho de que algo sea minoritario no implica que sea elitista. Incluso en el caso de que fuera cierto, que pocas personas se benefician de un evento como este, esa crítica se esfuma ante un argumento que se puede expresar con una sola palabra y una sola letra: ¿Y? ¿Acaso a los encuentros de médicos, arquitectos, abogados, científicos, ingenieros o historiadores asisten grandes masas? No. Pero, al igual que un congreso de físicos ayuda al intercambio de opiniones, conocer colegas con inquietudes similares, comparar notas de experimentos y debatir publicaciones e investigaciones, sus virtudes no se miden por el número de asistentes sino por la riqueza de sus debates. Así pasa en el Hay.

Además, ni siquiera es admisible el término de minoritario en este caso, cuando se ven verdaderas multitudes asistiendo a todos los eventos programados. Aquí se están favoreciendo, en forma directa, más de 37 mil personas. Y, paralelo a esa cifra enorme, ¿cuántas otras no se benefician más adelante? ¿Cuántas, al escuchar a quienes asistieron como público, no quedan informadas, interesadas, con deseos de buscar el libro que su amigo comenta, o leer al autor que su familiar elogia? Las filas para asistir a las lecturas de poesía parecían infinitas. ¿Puede ser eso malo? En un país tan necesitado justamente de esto, de debates serios y enriquecedores pero marcados por el respeto y la tolerancia, ¿cómo puede ser esto criticado?

Siempre he pensado que cuando alguien desprecia algo extraordinario, eso dice mucho más de quien lanza la crítica y del veneno que reposa en su corazón, que de la validez de sus juicios. Además, en el Hay lo impactante es todo lo contrario: el nivel tan alto de los debates, la sustancia tan fecunda de las opiniones. El festival no es banal. Banal es su crítica.

En fin, no deja de ser irónico que después de tantas palabras que se pronunciaron en estos días en Cartagena, la calidad de las exposiciones, el nivel intelectual de las conferencias, la organización impecable de los directores del evento, hasta el clima que prevaleció y todo el Festival en sí mismo se pueda resumir en una: deslumbrante. Un aplauso por un logro admirable

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