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Como se ha venido haciendo habitual en los últimos años, en esta época los ánimos de los aficionados taurinos y de sus detractores se exaltan y la indignación de estos últimos llega a su clímax.
El final del primer mes del año parece ser siempre así: marchas y protestas, y, a partir de este año, pronunciamientos públicos de políticos oportunistas.
Hace treinta, veinte, e incluso diez años, eran pocos los que levantaban su voz en contra del toreo. La temporada taurina no sólo era respetada sino aguardada con ansiedad cada año. No todos podían asistir pues el espectáculo siempre ha sido costoso y excluyente, pero alrededor de la “fiesta brava” coexistían una serie de actividades y eventos en los que un gran segmento de la población participaba. Empero, los tiempos cambian y también muta la mentalidad de toda la sociedad. Cada vez son menos quienes defienden la tauromaquia. Aferrándose a la costumbre, a la defensa tozuda de un performance basado en la complejidad de una estética donde cada acto tiene un nombre y una razón de ser, tratan de probar que el toreo es un arte y que el sufrimiento del toro no es el eje central.
Entender la tauromaquia no es fácil y éste es quizás el más grande escollo en el dilema actual, pues sin campos comunes de entendimiento no puede haber más que conflicto. De otra parte, los argumentos en contra de las corridas son superficiales y se basan en un juicio de valor acerca de la inhumanidad de los amantes del toreo frente a la crueldad con el animal. Pero, ¿es ésta una preocupación moral frente al sentimiento de los espectadores, o es una preocupación real por el sufrimiento del animal? ¿Lo reprensible es que la crueldad sea pública? El silencio de los antitaurinos frente a las condiciones que enfrentan millones de animales en los mataderos y en las “ciudades de animales” es bien extraño.
No obstante, la encrucijada taurina plantea una serie de cuestionamientos que trasciende la discusión ética acerca de la crueldad con el animal. El fin de la tauromaquia abre un debate en el plano cultural e incluso reabre la vieja polémica acerca de la identidad colombiana. La tauromaquia es el campo de batalla de dos sistemas de valores que aparentemente son excluyentes: de un lado está el innegable patrimonio cultural de la hispanidad; de otra parte están los novísimos derechos de los animales y los valores ecológicos y medioambientales cuya importancia se ha acentuado durante el último decenio. Estamos en un momento crucial; un momento que casi nunca se presenta tan brutalmente. Estamos en presencia de la desaparición de una tradición, cuestionable o no, pero al fin y al cabo una tradición cultural que por muchos años ha constituido parte del ser colombiano.
Pero quizás lo más complicado de todo el asunto es que en estos casos, cuando se abre una puerta que cuestiona dinámicas sociales con implicaciones culturales y morales, después es difícil cerrarla. Con el fin de las corridas de toros, necesariamente se han de acabar las corralejas, el coleo, tan caro a la cultura llanera, las marranadas en Antioquia y, por supuesto, las peleas de gallos, cuya importancia cultural, social y política es tal que sirvieron como inspiración para que Geertz revolucionara la antropología contemporánea. Apelar a un trato humano frente a los animales con los que nos relacionamos tiene sentido. Pretender que los derechos de los animales han de tener mayor validez que los derechos de las personas me parece algo más complicado. En este caso se enfrentan los dos tipos de derechos, pues la defensa de la identidad cultural es un derecho humano fundamental. ¿Cuál será la postura del Ministerio de Cultura al respecto?