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Por Sebastián F. Villamizar Santamaría
En la novela Mother Tongue, del colombiano Juan Fernando Hincapié, hay un pasaje que resonó conmigo. Tengo poca simpatía por el narrador y personaje principal de la historia, un bogotano que vuelve a la ciudad después de vivir en Estados Unidos y que demuestra el arribismo rolo de frente, pero dice una cosa que me llamó la atención: que el principal problema de Bogotá es la constante sensación de encierro.
Desde luego, cada persona experimenta la ciudad de maneras distintas, pero siento que el encierro habla muy bien de tres males que aquejan la capital. Primero, el encierro de Transmilenio y el tráfico en general. Estar espichado en un portal esperando el siguiente articulado es algo que genera mucha desesperación y en realidad no hay para dónde agarrar.
El segundo mal es la hostilidad del espacio público, especialmente contra las mujeres y personas LGBTI. Andenes que no están pensados para personas con movilidad limitada y la sensación de constante peligro son dos ejemplos de esto.
Y tercero, la segregación. La capital está tan dividida en términos de clase, del “norte rico” y el “sur pobre”, que muchas personas solo pasan el día en un reducido número de barrios. Ir a otro lugar es un plan de todo un día.
Desafortunadamente, las posibles soluciones a los tres males no han tenido éxito. Vamos a seguir construyendo Transmilenios, aunque haya un proyecto de metro. Las políticas contra la inseguridad también hicieron hostil estar en el espacio público. Y las ideas de crear barrios mixtos se han visto bloqueadas por muros cada vez más altos de clasismo y peleas políticas.
Las soluciones tal vez no vengan de los políticos o los expertos; quizá la mejor forma de vivir la ciudad en libertad es “tomarse las calles”, como ocurrió en el paro y el cacerolazo. No habrá ninguna política que elimine la sensación de confinamiento capitalino a menos de que nosotros caminemos la ciudad sin miedo, y para eso hay que empezar a hacer cosas afuera.