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Mientras la Liga Árabe clama por un cambio de régimen en Siria, hay países que se consideran democráticos pero no ahorran esfuerzos para apoyar a un presidente que heredó de su padre el poder y masacra a su pueblo impunemente a nombre de la soberanía nacional.
La dinámica de las relaciones entre América Latina y los países árabes es deseable y promisoria en cuanto son muchas las oportunidades que surgen para emprender acciones de progreso y beneficio común. Pero, con sentido pragmático y realista, sería muy bueno que ciertos puntos queden claros desde un principio. El primero es el del compromiso común por el Estado de Derecho, el imperio de la ley y el respeto por los derechos humanos. Otro es del de contribuir a la paz y la estabilidad en el Medio Oriente, sobre la base del reconocimiento y la convivencia con el Estado de Israel, que es un hecho irrefutable con el que es necesario convivir. Y uno último es el de evitar una politización a ultranza de las relaciones entre los dos bloques que conlleve a posiciones absurdas de apoyo a regímenes ostensiblemente violatorios de los principios ya enunciados, simplemente por atender el común denominador de la animadversión por los Estados Unidos y las antiguas potencias coloniales.
No es fácil, ni posible en todo caso, que las posiciones de los países de nuestra América coincidan totalmente en torno temas polémicos sobre los cuales siempre será difícil ponerse de acuerdo. Así, es normal que haya unos con mejores posibilidades anímicas, económicas, de infraestructura y de voluntad política para acometer con los árabes la aventura de propósitos comunes en materia de cooperación para el desarrollo. Pero lo que resulta inverosímil es que, a sabiendas del proceso sangriento que desde 2011 tiene lugar en Siria, como un capítulo de vergüenza en el esfuerzo por ahogar las expresiones de la Primavera Árabe, sus amigos latinoamericanos adopten frente al régimen de Damasco una actitud mucho más complaciente que la de los propios hermanos de sangre y cultura, que ya piden abiertamente que el Presidente Assad decline a favor de uno de sus subalternos, quien se encargaría de convocar la preparación de una nueva Constitución y llamar a unas elecciones abiertas y libres lo más pronto posible.
La acometida en busca del fortalecimiento de las relaciones sirias con Argentina, Brasil y Venezuela es perfectamente explicable. ¿Por qué no buscar la vinculación de la economía siria con las de esos tres países, que tienen fortalezas complementarias y juegan con cierta autonomía y significación, gústele a quien le guste, en los foros internacionales? ¿Por qué no tener de amigo a un país emergente como Brasil que comienza a tener asiento en tantos escenarios de discusión y toma de decisiones políticas de significación internacional? ¿Y por qué no aprovechar las ventajas de un amigo petrolero con ínfulas de gran jugador y deseo de actuar en escenarios variados para denotar su independencia frente al imperio que abomina y al que echa las culpas de todos los males?
Pero lo anterior no le da a nadie el derecho a echar por la borda compromisos con causas como la del respeto por derechos fundamentales, que sin vergüenza alguna el régimen de Damasco viola al poner a su ejército a disparar contra su propio pueblo, como ha quedado demostrado hasta la saciedad por parte de observadores imparciales que han clamado por una solución urgente a lo que puede degenerar en una verdadera guerra civil, inaceptable por la forma como se puede suscitar a estas alturas de la historia y del desarrollo político de los pueblos.
La Presidenta Fernández, que se reclama como abanderada de causas populares, la Presidenta Rousseff, que fue luchadora de causas democráticas contra las dictaduras brasileñas, y el Presidente Chávez, que se autoproclama vocero de las causas más nobles en defensa de los ciudadanos del común, no deberían guardar silencio ante los hechos sangrientos que su amigo el Presidente Assad protagoniza sin sonrojarse en Siria, ante cuyo Parlamento aparece con frecuencia negando hechos tozudos, haciendo chistes sobre la oposición a su régimen justo delante de sus eufóricos áulicos y beneficiarios de los gobiernos de su familia por varias décadas, considerándose peregrinamente como un reformador progresista y llamando terrorista a todo el que ose manifestarse en contra de la dinastía de la cual es beneficiario y protagonista.
Potencias emergentes como el Brasil, que puede jugar un rol importante en la discusión sobre el qué hacer, en lugar de dejar que muera cada día más gente, no puede sostener simplemente la idea de que intervenciones como las que podría aprobar el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas pueden terminar en acciones indebidas como sucedió en Libia. Y es precisamente el punto de vista expresado por Brasil para negar su apoyo a resoluciones similares lo que se puede convertir en una poderosa contribución a que las cosas se hagan bien, porque justamente puede propiciar medidas que se adopten dentro de un marco que garantice tanto la integridad de los sublevados en Siria, como la preservación de la soberanía de ese país, de manera que se eviten los abusos de las resoluciones de la ONU y no se permita algunas potencias que se solacen con bombardear sin respeto por los límites del derecho y den rienda suelta a sus instintos, para entregar al cabo de unos meses de lucha desigual, abusando de su superioridad científica y militar, otro país destrozado y tengan aún la desvergüenza de reclamar como compensación a su esfuerzo, por la vía de los contratos de reconstrucción, retazos de lo que quede de la economía nacional.
El mundo reclama un tratamiento ejemplar del caso sirio, que evite tanto los excesos en los que se sigue incurriendo al interior del país, como los abusos que puedan cometer de manera despiadada quienes con un tremendo poderío en sus manos guerreristas terminan por interpretar a su acomodo cualquier decisión de los organismos internacionales. Todo el que pueda contribuir a dicho tratamiento debe hacerse sin vacilación, para que no se vuelva a editar el horror de apoyar, por acción o por omisión, las andanzas de gobernantes que se mantienen en el poder a costa de la sangre física de su pueblo.