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Las propuestas arrogantes de las Farc consistentes en retornar después de diez años a la mesa de negociaciones con el gobierno del presidente Santos, para «retomar la agenda» con el fin de continuar hablando de la paz y de reformar el país de acuerdo con su ideología, como si, entre tanto, nada les hubiera acontecido a ellos, sí parecen haberse estado ambientando en secreto, en los altos círculos del poder.
A pesar de esto, considero franca la actitud del presidente Santos al dar a entender que no está dispuesto a equivocarse ni a arriesgarse a terminar su cuatrienio con un fracaso similar al de sus antecesores Belisario Betancur y Andrés Pastrana. La estrategia previa a cualquier diálogo prudente es simple: exigir que las Farc acepten las condiciones del Gobierno y sentarse a esperar su cumplimiento sin la participación de Hugo Chávez.
Hace diez años el comandante de las Farc, «Tiro Fijo», se burló del país y del presidente Pastrana al no asistir a la apertura de los diálogos. Salvo el fortalecimiento de esta guerrilla, tras la desmilitarización de los 42.000 kilómetros cuadrados del Caguán, nada se avanzó en tales negociaciones, y en lugar de la supuesta agenda por retomar nos quedó muy claro con quién no negociar en forma ingenua.
«Los diálogos de paz sirven como estrategia para la guerra» afirmó alguna vez el propio «Tiro Fijo». Recordemos que al finalizar el gobierno del presidente Pastrana las Farc se consideraban tan fortalecidas que estaban empeñadas en fundar la república independiente de Caquetania con Florencia como capital.
Ahora bien, durante el gobierno del enigmático presidente Santos, ha decaído la fortaleza de nuestro Ejército por temor a los juicios civiles contra los militares, por culpa de las acusaciones falaces de los «mamertos».
Temen algunos que encaje esta debilidad con una estrategia premeditada de algún sector del Gobierno para abrirles la puerta de nuevo a los diálogos, con el viejo pretexto de que resulta imposible derrotar militarmente a las guerrillas.
No pocos colombianos consideramos que buena parte del país se encuentra hoy más asediada por las bacrim o por las Farc que cuando se posesionó el presidente Santos. Independientemente de los diálogos aludidos, apremia remover las ataduras que la guerra jurídica le ha colocado a las Fuerzas Armadas, para lo cual es indispensable comenzar por restablecer el Fuero Militar en el juzgamiento de los militares.
La recomendación de un viejo zorro de la política, como lo era el expresidente Alfonso López Michelsen, sigue siendo válida: «debemos, en primer lugar, (terminar de) derrotarlos, para luego sentarnos a dialogar».
Si en las comunicaciones Timochenko y Márquez existe, por fin, una intención franca de negociar, ello se debe en buena parte a que durante el gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez se demostró que no era indispensable arrodillarnos frente a las Farc.