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Impaciencia con el cambio

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La percepción entre los ciudadanos del mundo es que los gobiernos no quieren hacer los cambios drásticos que se requieren para solucionar los graves problemas mundiales. Impacientes, los ciudadanos están saliendo a las plazas o tumbando gobiernos en las elecciones.

En Estados Unidos hay la percepción de que Barack Obama dejó pasar una oportunidad histórica de hacer grandes cambios, y que con su moderación sólo logró envalentonar a los republicanos y decepcionar a quienes esperaban que detuviera los excesos del capitalismo reaganiano. En Europa, la desilusión es con la socialdemocracia, que en lugar de afianzar las conquistas sociales terminó retrocediéndolas. En Colombia, la economía sigue creciendo, pero sectores que se opusieron al gobierno anterior tachan al actual de continuista, como a Obama. Sin embargo, no hay duda que son grandes las diferencias entre Obama y Bush, o entre Santos y Uribe. La reforma histórica del sistema de salud estadounidense y la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras no fueron fáciles ni son continuistas.

Lo que no han hecho ni Obama ni Santos, ni ninguno de los gobiernos europeos o árabes que están reemplazando a los caídos con la crisis, es cambiar el modelo económico, que es lo que reclaman quienes añoran cambios de fondo. Obama no nacionalizó la banca ni la industria automotriz, ni los europeos aumentaron los aranceles, ni Santos proscribió la política de atraer inversión extrajera para la explotación de hidrocarburos. Y no lo hicieron por la misma razón que los chinos, y los rusos, y los vietnamitas renunciaron a sus modelos para acoger el capitalista. Y por la misma razón por la que el único país que recientemente parecía haber cambiado de modelo económico, Venezuela, no lo ha hecho y se limita a alardear de un socialismo más retórico que real.

Porque la globalización segrega a los modelos no capitalistas como Cuba o Corea del Norte, impidiendo su crecimiento. Un país como Venezuela simplemente no es viable económicamente por fuera del comercio internacional. Los países europeos no están pudiendo salir de la crisis porque dañaron el clima de inversión y no tienen cómo inyectarle dinamismo a la economía.

En el siglo XXI las diferencias entre gobiernos no son de fines, porque el ideal del socialismo terminó por ahora, sino de métodos. Pero entre métodos hay grandes diferencias: el chino, el europeo, el brasileño, el estadounidense. La democracia es un problema de métodos, como la política económica y la social. La diferencia entre los dos últimos presidentes colombianos no es de estilo, que es formal, sino de métodos.

La pregunta que cabe en la era de la dictadura de la globalización, el monstruo que está devorando a Occidente y dibujando el nuevo mapa político mundial, es si para la economía y para el estatus mundial de Estados Unidos habría sido mejor que Obama tomara medidas drásticas, o si la ecuanimidad que le ha costado tanto políticamente salvó a ese país de una caída mucho mayor, y en el mediano plazo se verán los frutos. Y en el caso colombiano, si las reformas prudentes a la seguridad democrática y la confianza inversionista son la forma de mantener el crecimiento económico y la seguridad. Y en el caso de Bogotá, si Gustavo Petro puede cambiar el modelo de ciudad.

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