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Burocracia

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Su nombre era lo que menos importaba. Podía ser Pedro, Juan o Marcelo. A su alrededor todo era grito, angustia, histeria, delirio, locura también, desesperación y nervios, premura, incertidumbre, un reguero de sangre y decenas de papeles y documentos oficiales que se manchaban de rojo y volaban e incluso se pegaban contra las ventanillas de atención al público.

Algunas sirenas sonaban a lo lejos, primero quedo, luego con mayor fuerza e intensidad. Se oían llantas que chirriaban y puertas que se reventaban. Pedro, Juan o Marcelo seguía tirado en el piso, con las venas abiertas, los ojos extraviados y la boca desencajada. Con su mano derecha intentaba sostener la navaja con la que se había cortado. Decía cosas ininteligibles del todo. Que el sello, que un año, que el cónsul, que su hija, que Bogotá.

Aún decía cosas cuando llegaron los doctores y lo vendaron y lo subieron en una camilla y le inyectaron un calmante. Aún decía Bogotá y murmuraba que una hija y un cónsul y los sellos. Mientras se lo llevaban, una señora recogió los papeles que había logrado salvar. Los guardó en una carpeta y corrió para dársela a Juan, Pedro o Marcelo, pero cuando salió a la calle ya las ambulancias iban por la calle de Arenales hacia el sur. Temblorosa, la señora comenzó a revisar los documentos. Eran peticiones de visa con diversos sellos que databan de un año o un año y medio atrás. El hombre sin nombre se llamaba Augusto. Acababa de cumplir 47 años y era natural de Córdoba, Argentina. Sociólogo, profesor de secundaria, divorciado, tenía una hija de nombre Julia que vivía en Colombia.

Entre rumores, se enteró de que por ella, por su hija Julia, iba al consulado de Colombia casi que un día de por medio. Necesitaba una visa que le permitiera viajar a Bogotá y permanecer un tiempo largo allí, pero todos los días le informaban que le hacían falta un papel, ana apostilla, un sello, un registro, una autenticación, la firma de los padres, las notas del colegio, las homologaciones de la universidad, el tipo de sangre…

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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