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Naufragios

Santiago Gamboa
27 de enero de 2012 – 06:00 p. m.

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No deja de ser inquietante, a nivel simbólico, que uno de los primeros hechos de este año bisiesto sea un naufragio, y por demás de un barco llamado Concordia. ¿Se hundió la concordia? ¿Qué pasó?

Cada vez está más claro que el choque de esa nave gigante contra el escollo fue motivado por varias cosas de matriz claramente humana, y no del azar o el destino; de un lado la presión de la compañía de cruceros, que según las grabaciones telefónicas pide a los capitanes cumplir con la tradición del “saludo” a ciertas islas o puertos especialmente de moda, con un objetivo publicitario: el barco, multicolor, desfila ante los ojos de miles de turistas solventes y amantes del mar, de cuerpos bronceados, habituados al ocio cinco estrellas.

De otro lado está el comandante Schettino, convertido en Lucifer y, sobre todo, en campeón de la cosa más temible sobre la faz de la Tierra que es la idiotez humana. Este pobre cristiano, nacido en Sicilia y padre de familia, dirigió un aparato en el que viajaban 4.200 personas y que no cuesta sino 400 millones de euros contra una roca visible más o menos para cualquiera que mire hacia adelante, provocando una catástrofe sin antecedentes en el Mediterráneo, y de paso abandonando el barco y a sus pasajeros, una bellaquería que en la tradición naval equivale al pecado nefando.

El alma humana tampoco salió muy bien parada en este asunto. Cuentan los sobrevivientes que hubo gente que agarró tres flotadores salvavidas y que no los soltaron a pesar de que otros no tenían. Que los más jóvenes corrían y empujaban a los viejos. Excepto algún héroe de la oficialidad local, quienes auxiliaron a los viajeros fueron grumetes rumanos, meseros latinoamericanos, pinches de cocina de India. El resto es un misterio que desafía la lógica: ¿cómo puede ser que un barco que encalla a menos de cien metros de la costa de un país europeo, sin tormenta o viento fuerte, con el mar como un espejo, y que antes de inclinarse permanece por más de una hora estático, deje semejante cantidad de víctimas? A primera vista, es como ahogarse en una piscina.

Mi naufragio preferido, por cierto, está en la literatura, en Lord Jim, de Joseph Conrad: el joven Jim, ayudante de capitán, abandona un barco de peregrinos que se dirige a La Meca tras haber recibido un impacto. Ante la inminencia del hundimiento y los pocos medios para salvar a los pasajeros, la tripulación decide escapar en la única chalupa, y ahí está el joven Jim, aceptando para salvar la vida. Pero el barco no se hunde y llega a puerto sin oficiales de mando, y por el resto de su vida Jim será perseguido por la culpa y tendrá que huir, cada vez más a Oriente. Aunque siempre la culpa lo alcanza.

Volviendo a la isla del Giglio, es tan improbable lo que sucedió que también podríamos ver una señal: Italia se hunde, Europa se hunde. En ese viejo y lujoso barco que es Europa los motores están repletos de agua y ya no avanzan, la gente no sabe bien hacia dónde correr, a quién creerle; se habla de inmigrantes ilegales y quienes hacen los trabajos más duros son africanos, asiáticos, latinoamericanos. Y lo peor: los que provocaron la crisis ya abandonaron el barco y están en sus refugios, recuperando el calor, mientras ven cómo la nave, lentamente, va siendo devorada por las aguas.

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