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Y todo fue nada

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Todos quisieron tener la razón dentro de las páginas de Nada (Janne Teller).

Demostrarle a un compañero de escuela que se había subido a un árbol de ciruelos que estaba errado. Él, Pierre Anthon, simplemente decía y repetía: “Nada importa. Hace mucho que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”. Su frase les dolía. La verdad les dolía. En lugar de enfrentarla, pensarla, analizarla, prefirieron llegar hasta la última de las consecuencias con tal de tener ellos la razón. Y así fueron armando una “montaña de sentido” con las cosas que, según ellos, le daban “sentido” a la vida. Primero fueron unas sandalias, una bicicleta o un telescopio.

Cada quien le pedía a su vecino qué tenía que llevar a la “montaña” que crearían en una lejana bodega, algo que les costara dejar, pero lo que era honesto en un principio fue luego venganza, odio: las más crudas manifestaciones de la condición humana. Como decía y escribía Freud, “siempre hay que esperar lo peor”. Uno, entonces, le pidió a su condiscípula la virginidad. Otro exigió la cabeza de un perro, y uno más, el cadáver y el ataúd de un niño. Una espiral de demencia alimentada de bajas pasiones, pulsiones, y de la presión del grupo. La valentía por encima de la sensatez. La temeridad desnuda. La soberbia.

La pila creció. Todo lo que podía tener significado para aquellos adolescentes, para un humano, acabó allí. Religión, afecto, nación, familia. “Dentro de pocos años, todos estaremos muertos y seremos olvidados”, les gritaba Anthon, siempre subido en su ciruelo, una especie de “barón rampante” de Italo Calvino con sentencias de Emil Ciorán. Él buscaba la Nada. Sólo lo decía. Sus compañeros no querían oírlo. La prensa se enteró. Contó la historia. La locura se multiplicó hasta el extremo de que un museo les ofreció millones por la pila. El sentido, decían, por fin tiene un rostro y, más que un rostro, una materia.

De la nada de Anthon, aquellos muchachos pasaron al todo, o eso fue lo que creyeron. Al final, el todo fue una tragedia, una Tragedia en mayúsculas, y todo fue nada, como lo decía Anthon.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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