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Esta semana, terror en el catatumbo, ocho atentados, cinco muertos, viejos guerreros como el eterno Megateo y nuevos jóvenes hinchados de odio que cambian de nombre, pero no de oficio, farianos, elenos, rastrojos, urabeños, se disputan la coca, el contrabando de gasolina desde Venezuela, las rentas públicas, las tierras…
Hace dos semanas, un paro armado en seis departamentos fue decretado con éxito por ‘Los Urabeños’, como señal de luto y protesta por la muerte de su jefe, Juan de Dios Úsuga, abatido por la Policía en Acandí, Chocó. El tiempo se detuvo en Apartadó, no sólo porque se suspendió hasta la venta de minutos, sino porque era como devolverse una década, cuando los jefes de los Úsuga, Don Mario y su hermano El Alemán (de los pocos jefes ‘paras’ a los que no extraditaron), eran allí los dueños de la vida de la gente.
De Chigorodó, a Majagual (Sucre), a buena parte del occidente de Medellín, a Moñitos, a Santa Marta, llegó la mala hora de los panfletos ordenando paro. Puede que la banda sea grande, o no tanto, pero como sus antecesores, las Auc, saben que difundir el terror es fácil: un panfleto aquí, un muerto allá, en todas partes parecen enormes a los ojos de la gente.
Hay, sin duda, estrategas detrás de este grupo, criminales con aspiración de poder político. ¿De dónde sale en Colombia tanta vocación política torcida? ¿De qué falla geológica de nuestra sociedad salen estos hipogrifos, mitad narco y mitad político, que no se contentan con ser ricos y matones, sino que sueñan con refundar la patria a su acomodo e imponer su versión de redención para los más pobres?
Es la borrachera de poder ilimitado que dan los millones del narcotráfico, sí; algo parecido pasa hoy en México. Pero hay algo más allá del terror que infunden. Hay algo que los conecta con la gente, a veces mejor que a los políticos formales, tan falsos. Y en ese frágil sentimiento desesperado se crecen los escobares y castaños y donmarios y úsugas. No de otro modo se entiende por qué ya van varias generaciones de jóvenes uniéndoseles, por qué la gente les pide que medien en sus conflictos y que contribuyan a sus causas. Por eso los narcoparas mellizos Mejía financiaban equipos de fútbol, casas, fiestas de grado, misas, uniformes, tableros, caminos…
También cimentan su poderío en la cultura que han sembrado a fuego. En muchos pueblos de Colombia la gente ya lleva más de dos décadas acatando órdenes ilegales, y a veces éstas están tan cerca de las legales, que es difícil distinguir cuál autoridad es legítima y cuál no.
Pero su poder se origina no sólo en el carisma, nacido de esa suerte de rebelión aupada por el narco, ni en que la gente violentada por tantos años los acate. Tienen fuerza porque hay élites regionales que los necesitan y los usan para resistirse a la modernidad democrática. Por eso los ‘paras’ de hoy y de ayer matan reclamantes de tierras, líderes políticos renovadores y saquean al Estado. Ya no existen los narcos especializados sólo en coca. Ni tampoco los criminales comunes. Y, peor aún, esas dirigencias políticas y económicas locales siguen siendo pieza clave del modelo nacional de gobernabilidad política.
Por eso no se pueden combatir a los ‘paras’ sólo con policía. Ni evitar que los jóvenes caigan en sus redes con clases teóricas de derechos humanos. El desafío es más grande: pensar en serio cómo nos deshacemos del cómodo modelo de gobernabilidad de clientelismo mafioso imperante por tres décadas, que impide atacar de raíz el reciclaje de paramilitares.