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Emergencia por alimentos en Japón

La situación en la central nuclear parece mejorar, pero los japoneses tienen miedo de comer productos de la región.

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Los japoneses ya no sólo miran con aprensión el aire. La radiactividad amplía los frentes: ahora también llega por el agua y los alimentos. La crisis es especialmente grave aquí porque no hay país con cultura gastronómica más refinada que Japón. La Organización Mundial de la Salud aseguró que “la situación es claramente muy seria”, mientras Tokio repite que los niveles de radiactividad no son peligrosos para la salud.

Por su parte, China y Corea analizarán todos los cargamentos en busca de radiactividad, al tiempo que la ONU niega que alimentos contaminados estén circulando por el mundo. Al parecer, el peligro se limita a Japón. La crisis arrancó con la detección de yodo radiactivo en el agua potable de nueve provincias, incluida Tokio. Después se halló en leche y espinacas de la prefectura de Fukushima, donde se asienta la problemática central nuclear.

El gobierno, “como medida de precaución”, prohibió la venta de esos productos de Fukushima y otras tres provincias colindantes. Muchos preguntan ahora por la procedencia de las verduras. “Sobre todo por los tomates y otros productos que crecen a la intemperie”, señala Toshi, responsable de una tienda de barrio. Ofrece unos puerros de Ibaraki, a apenas 100 kilómetros de la central. “Todos los cargamentos pasan controles exhaustivos: si llegan, son sanos”, promete.

Se avecinan tiempos duros para Fukushima, región agrícola y pesquera. Toshi vaticina que no se librará de su reputación pronto y recuerda la crisis de seguridad alimentaria que afectó las verduras chinas cinco años atrás. “Desde entonces muy pocos las compran”, asegura.

Cho Jeug-je, coreano, gestiona un gran supermercado en Kabukicho, en el distrito tokiota de Shinjuku. Es una zona popular y dinámica, donde abundan los negocios de prostitución femenina y masculina controlados por mafias. Llueve y Cho ordenó retirar las verduras expuestas en la calle, una costumbre aquí. “El cliente es lo primero, la lluvia podría ser radiactiva”, justifica. Añade que, al margen de las prohibiciones del gobierno, decidió no traer más productos de Fukushima.

Desde un restaurante elitista a un humilde puesto callejero, el respeto a las materias primas y la exquisita manipulación es innegociable en Japón. Tokio ordenó análisis exhaustivos y eliminó los cargamentos afectados. “La crisis es preocupante, pero lo es más el agua radiactiva, que cada día necesitamos para beber y lavarnos. Al fin y al cabo, puedo evitar comer verduras de Fukushima por un tiempo”, cuenta Tomita, inversor inmobiliario, a través de una mascarilla.

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