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Los niños de la política

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Hay un hecho que ha pasado inadvertido para los analistas políticos: el relevo generacional que se produjo en los comicios de octubre en los cargos ejecutivos de las regiones.

Los gobernadores de Valle, Santander, Córdoba y Magdalena son menores de cuarenta años (el de Santander tiene 30). Todos lograron votaciones altísimas a pesar de que nadie los conocía una semana antes de las elecciones. Está bien. Al fin dejamos de votar por apellidos. La inexperiencia de estos chicos no será problema porque todos ellos tienen atrás un padre, un padrino, un presidiario o un paraco con muchas horas de vuelo (el gobernador de Santander lo tiene todo en uno: su padre, que es también su padrino, es paraco y está preso). Estos veteranos son demasiado conocidos, es verdad, y necesitan permisos especiales para salir de sus cubículos, lo que no deja de ser embarazoso, pero es también una limitación que garantiza su dedicación exclusiva al trabajo de asesorar al pimpollo.

Como el Valle es un departamento rico, su gobernador cuenta con dos padrinos. Haciendo gala de austeridad, el más importante mora en una cárcel de Barranquilla. El otro, pretencioso como buen segundón, despacha en la vicepresidencia de la República.

También tienen pronóstico reservado la Guajira, Arauca, Cesar y Casanare, departamentos cuyas cuantiosas regalías serán manejadas por gobernadores que enfrentan procesos judiciales y disciplinarios muy delicados.

Hubo revuelo en el liberalismo cuando se supo que el joven ganador de las elecciones en el municipio de Los Córdobas (Córdoba) purgaba condena en la cárcel. Entonces su padrino corrió donde el jefe nacional del partido, Simón Gaviria, 31 añitos, quien corrió donde su padre, que corrió a presentar una terna de posibles reemplazos. La experiencia es la clave.

En Cartagena, en cambio, eligieron a un señor obeso y mayor. Y de color. Y locutor. Son demasiadas rimas juntas, alegan los segregacionistas. Como si fuera poco, sus jefes son tres patriotas de armas tomar: Juan José García, un exsenador condenado por peculado; Piedad Zuccardi, su señora, que heredó la curul y los paravínculos de su marido; y su cuñado, Álvaro García, otro gordo, pero blanco, que purga 40 años de condena por su participación en la formación de grupos paramilitares en Sucre. ¡El acabose, cuadro!

Por descuidos providenciales de los padrinos de otros niños precoces, dos departamentos quedaron en buenas manos. El primero es el Atlántico, cuyo gobernador, José Antonio Segebre, contará con el eficaz acompañamiento de la alcaldesa de Barranquilla, Elsa Noguera, una señora que seguramente le dará continuidad al buen trabajo de Alejandro, la oveja blanca de los Char (¿qué hicimos mal?, aún se preguntan sus mayores)

El otro departamento anómalo es Antioquia, donde aún celebran la derrota de la sinuosa y viscosa “Lupe”, y se da por descontado que Fajardo y Aníbal Gaviria harán una magnífica llave. Bien por los paisas, esa raza que fue, hasta hace poco, demasiado “pujante”.

Santa Marta tiene sus esperanzas puestas en la gestión del alcalde Carlos Caicedo, el joven y brillante rector universitario cuya vida fue casi arruinada por un sujeto abominable, el paraco y exgobernador del Magdalena Trino Luna.

En Cali eligieron un marciano. Rodrigo Guerrero, un señor muy inteligente, aristocrático, probo y con un gran sentido social, armó un gabinete de lujo, un dream team que debe superar la aceptable gestión de su antecesor y sacar a la ciudad del profundo hueco en que se encuentra.

La presencia de un movimiento progresista en la alcaldía de Bogotá es un contrapeso saludable a la religión nacional de la U, y una oportunidad valiosa para que la izquierda siga jugando un papel importante, y muy necesario, en la política nacional.

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