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Para muchos el 2012 es el año del fin del mundo. Para otros sólo del fin de una Era. El calendario maya y sus cálculos del final de los tiempos alimentan la ansiedad sobre lo que nos depararán estos doce meses.
Dejando de lado la especulación y con los pies firmes en la tierra, Colombia enfrenta en 2012 cinco desafíos de los que depende en buena parte el curso del país en los próximos treinta años: definir el papel que debe jugar la educación media y superior en el “proyecto país”; decidir la relación entre la explotación y la protección de los recursos naturales en un contexto de crecientes inversiones privadas; reparar efectivamente a las víctimas retornándoles sus tierras y someter a las bandas criminales; mejorar la infraestructura en tierra, mar y aire, incluidas las telecomunicaciones; lograr un acuerdo de paz con las Farc y el Eln.
A fines de diciembre muchos estaban de plácemes por las cifras en el tercer trimestre del año 2011 en materia de crecimiento económico (7,7% del PIB) y de desempleo formal (9,2%). Los sectores que jalonaron el crecimiento fueron la explotación petrolera y minera (18,4%), y la construcción (20,9%). Mucho valdría la pena estudiar si el empleo formal en estas áreas también aumentó notoriamente o, por el contrario, el mencionado crecimiento obedece más a una mayor concentración de riqueza en manos de pocos que a una mejora generalizada de patronos y empleados. Un país puede crecer económicamente y al mismo tiempo su población empobrecerse. Igualmente se justifica un estudio serio sobre el impacto sobre el medio ambiente de las actividades económicas más productivas. Nada sacamos creyendo que crecemos por ver aumentar los ingresos cuando en realidad decrecemos por destruir nuestro hábitat a manos de los generadores de “riqueza”.
Pero la deslumbrante perspectiva de Colombia como nuevo tigre económico mundial –así pretenden vender el territorio y mano de obra nacionales nuestros dirigentes en el exterior– se estrella siempre a principios del nuevo año con la realidad de la violencia; de la ausencia del Estado en amplias zonas del país; de la corrupción en servicios públicos y de la destrucción de la escasa infraestructura por causas naturales o humanas. El narcotráfico, factor real promotor de informalidad, corrupción y violencia, carcome el poco tejido social y la escasa conciencia de pertenencia a una misma comunidad de destino. El fracaso del proceso de socialización de millones de jóvenes no ayuda sino que favorece el florecimiento de la ilegalidad. En esta situación de disonancia cognitiva, emanante de falsas esperanzas y crudas realidades, la educación vuelve a ocupar, recurrentemente, el lugar de privilegio.
El mayor desafío del país en 2012 que enhebra todos los anteriores y podría contener la fuente de mayor anormalidad es, por cierto, el acceso masivo de la población a un sistema público de educación universal, gratuita y de calidad. Aunque por ahora tal sistema parezca impagable, lo cierto es que si el sistema educativo privado, costoso y de calidad no imperara en las élites del país, otro sería el cantar en materia de desigualdad social y otro el destino de nuestras ilusiones. Son los jóvenes, con su fuerza y su resolución, quienes pueden asumir la bandera de colocar las prioridades de Colombia en el orden correcto. Por fortuna, ya han iniciado con pie derecho su tarea.