Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El agitado debate sobre la prohibición de las armas ha ignorado todo lo que a través de ellas hemos conseguido: la libertad, la independencia, la soberanía y la república.
Y no hay que irse siglos atrás. Han sido poco más de dos décadas desde que un grupo de alzados en armas logró, a cambio de dejarlas, participar en el proceso fundacional de nuestra Constitución actual.
A pesar del lindo simbolismo detrás deque sea precisamente un exguerrillero el que ahora vuelve a circular la propuesta de prohibirlas, sigue siendo una iniciativa que mete al Gobierno en la esfera privada de las personas, para regular un tema que toca profundas fibras de las libertades individuales y los derechos civiles.
Primero, a los derechos civiles. Decir, como si fuera un axioma, que una sociedad desarmada es más civilista carece de fundamento. Uno podría argumentar, al otro extremo, que cuando la sociedad civil está armada, recae sobre ella, y no sobre las Fuerzas Militares, la decisión final de defender las leyes y los derechos, y de determinar cuándo el Gobierno actúa fuera de la Constitución, con los medios para corregir el rumbo.
Ese es el espíritu de la segunda enmienda de la Constitución de Estados Unidos, por ejemplo. Las armas en manos civiles son la garantía última contra el totalitarismo y la tiranía. Y aunque en Colombia se respira últimamente un aire de “fin de la historia”, como si después de muchas luchas hubiéramos logrado ya la perfección en el Estado, la desconfianza del Gobierno es algo que uno nunca debería entregar. “El rifle en la pared de la casa del campesino o en el apartamento del trabajador es un símbolo de democracia”, decía George Orwell. “Es nuestro deber garantizar que se quede ahí”.
Pero entregar el derecho a tener armas no sólo es una renuncia civil, sino también una renuncia a la libertad individual. Al final y al principio de todo está uno, e incluso si es para volarse los sesos, la frase de Maquiavelo se sostiene con un realismo brutal: “Simplemente no hay comparación entre un hombre que está armado y uno que no”.
Me cuesta mucho trabajo defender el derecho a usar una jeringa con heroína contra uno mismo y, al mismo tiempo, oponerme a la legalidad de poseer armas. Es un tema en el que hay que asumir el doble filo de la libertad como propósito último de la vida (más que la vida misma).
Sí hay balas perdidas, estadísticas, populismo pacifista y una sana y entendible aversión a las armas de fuego. Está bien discutir cómo regularlas, quién toma la decisión de restringirlas y registrarlas, incluso en un país donde ya hay controles estrictos.
Pero cuando se habla de prohibición, el fondo de la discusión no es sobre las armas, sino de lo que hay detrás de ellas: las manos de personas que se han ganado el derecho y la responsabilidad de tomar decisiones de vida o muerte sobre su propio destino.