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El año 2011 fue uno de los mejores para Colombia en mucho tiempo.
La economía creció a más de un 7% en el tercer trimestre, se generó mucho empleo (1,3 millones de puestos de trabajo durante la administración Santos), las exportaciones y la inversión extranjera directa lograron niveles jamás vistos, el Congreso de los EE.UU. aprobó el tratado de libre comercio, las Fuerzas Armadas dieron de baja al jefe de las Farc, sin claudicar principios se normalizaron las relaciones con los países vecinos y Colombia goza de una gran respetabilidad internacional. Más sorprendente aún, todos estos resultados se alcanzaron a pesar de los estragos que causó el invierno y cuando la economía mundial sigue muy debilitada por la frágil recuperación de los EE.UU. y por la crisis de la deuda de Europa.
Es de resaltar, también, la sobriedad y la cautela con que el presidente Santos y su gobierno han analizado estos resultados. Por ningún lado hay indicios de triunfalismo y, menos aún, de engreimiento y arrogancia. El mensaje que se escucha desde el Gobierno es que el trabajo continúa, que no hay nada para celebrar y que los retos y desafíos por delante son aún formidables. Hace bien el Gobierno en adoptar esa actitud y, por esa mezcla de buenos resultados y temperancia, la opinión pública le está respondiendo con unos altísimos niveles de aprobación. Después de todo, este es un equipo que conoce lo que es gobernar y que tuvo la oportunidad de hacerlo en unas condiciones muy difíciles durante la administración Pastrana. Junto al presidente Santos, Juan Carlos Echeverry, Mauricio Cárdenas, Mauricio Santamaría, Juan Carlos Pinzón, Catalina Crane, Federico Rengifo, Juan Camilo Restrepo, Tomás González, entre otros, hicieron parte de una administración que enfrentó las dificilísimas negociaciones de San Vicente del Caguán y el deterioro del orden público, además de la gravísima crisis financiera internacional que condujo a la pérdida del grado de inversión de Colombia, a una tasa de desempleo que llegó al 20%, a la caída del PIB en casi 5% en 1999 y a un programa de ajuste con el FMI.
Ellos son conscientes de que, muy pocas veces, la vida le da una segunda oportunidad de gobernar a un mismo equipo y, mucho menos, en unas condiciones tan disímiles con las de finales de los noventa y comienzos del nuevo siglo. Hoy en día, Colombia experimenta una bonanza minero-energética, excelentes términos de intercambio y la mejor situación del orden público en décadas. Precisamente, por la experiencia en asuntos de Estado, por las condiciones favorables de hoy en día, por el sentido de grupo y por la perspectiva histórica que tiene, creo que este equipo tiene una oportunidad única de convertirse en uno de los buenos gobiernos en la historia de Colombia. Por supuesto, el resultado final dependerá de muchos imponderables, como la situación económica internacional, pero, muy especialmente, de la capacidad de lograr unas reformas inaplazables, como la de la justicia, las pensiones, la tributaria, un nuevo marco regulatorio para la infraestructura y la calidad de la educación. Naturalmente, hay problemas muy serios por resolver y la calificación del Gobierno al final de su mandato dependerá de su capacidad para reducir los altísimos niveles de pobreza y desigualdad, la ejecución efectiva de la ley de reparación de víctimas y de restitución de tierras, pero, a juzgar por lo que hemos visto en año y medio, los colombianos nos sentimos bien gobernados.