Imperiofilia

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Imperiofilia es un libro urgente. Necesario para entender el reto que nos toca. El que va a encarar la coalición progresista liderada por Pedro y Pablo, recién nombrada gobierno en España y cuya orientación establece de qué va este año.

Así lo han entendido los lectores. Lleva cinco ediciones en ese país. Si lo hubiésemos leído antes de Bolivia habríamos evitado el estéril debate sobre si se trata o no de un golpe. Si lo hubiésemos leído antes de las elecciones en el Reino Unido habríamos entendido mejor la apelación de los poderosos a las clases media y baja de Inglaterra, que encumbraron a un partido ya no de derechas sino de ultraderechas al gobierno de una de las economías más desarrolladas de Europa. Y entenderíamos por qué nos toca a todos y todas, gentes progresistas, verdes, humanitarias, feministas, liberales y de izquierdas combatir el ascenso mundial de eso que antes llamaban fascismo y que hoy no sabemos denominar.

Imperiofilia es un libro de combate. Su adversario particular es otro libro, un inesperado fenómeno editorial en España titulado, por supuesto, Imperiofobia. Este último proponía desmontar lo que supone es no solo antiespañolismo, sino, de manera más general, el antiimperialismo que desde hace tiempo estaría tergiversando nuestra historia.

Imperiofobia, de Elvira Roca Barea, ha vendido más de cien mil copias y ha sido defendido por figuras como Vargas Llosa, Josep Borrell e Isabel Coixet. Imperiofilia, del filósofo José Luis Villacañas, nos invita a combatirlo, no por su incorrección política, sino porque tras esa máscara se esconde en realidad el blanqueamiento y la manipulación ideológica. Villacañas es riguroso a la hora de mostrar cómo Roca Barea pone el mundo al revés. Es decir, a los poderosos e imperialistas en el papel de víctimas, para luego vendernos la necesidad de defenderlos y a la forma política imperio.

Vagamente nietszcheano, tergiversándolo, divide a los pueblos del mundo entre débiles y poderosos y redefine el racismo como la construcción de un juicio moral peyorativo vertido sobre el poderoso. Esa división, racista ella misma, le parece a la autora natural y realista. Su conclusión es peligrosa y contundente: “si los débiles aceptaran que son débiles, no habría racismo”. El argumento habría hecho feliz a Hitler; hoy, a Bolsonaro, a Janine Áñez, a Piñera, a quienes convirtieron a Colombia en fosa común, al Trump que nos regala otra guerra para comenzar el año como corresponde en calendario electoral, a Pablo Casado y a Vox, y a los nativistas que se han impuesto en Gran Bretaña: “Si los judíos se suicidaran directamente, no habría necesidad de solución final. Hizo falta porque se resistieron al superior”.

Semejante planteamiento, advierte Villacañas con algo de humor, “sobrecoge por su finura, elegancia y sensibilidad”. Pero buena parte de la clase acomodada española, incluyendo a Vargas Llosa, se siente aliviada con este libro. Es necesario combatirlos.

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