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Un pesquero descansa invertido sobre un invernadero. El tsunami que asoló Japón ha difuminado los límites de mar y montaña en la localidad de Higashi-Matsushima. El centro urbano está salpicado de barcos. Del agua menos profunda emergen coches, como una sopa de picatostes. Un trecho de cientos de metros de barro acumula restos de uno y otro lado. La ciudad está en la costa del noreste, a 310 kilómetros al norte de Tokio. Ahí rompió la pared de agua de diez metros de altura, nacida en un seísmo de 8,9 grados mar adentro. El colegio sirve de refugio para cerca de 800 vecinos. Viven sin agua corriente, agua ni gas, y apenas unas estufas para mitigar el frío. En las puertas de las aulas hay listas con los nombres de quienes las ocupan para que los encuentren sus familiares. Otras listas contienen nombres de desaparecidos, que se tachan en cuanto aparecen. Quedan muchos sin tachar. Niki Teshima impartía clases cuando todo tembló. El miedo fue relativo porque los japoneses se han acostumbrado a que el suelo se mueva. Siguiendo el protocolo decenas de veces ensayado, bajaron en una carrera ordenada al patio del recreo. Ahí estaban cuando escucharon desde el altavoz de un coche oficial que se avecinaba un tsunami, subieron a la cuarta planta y se colocaron frente a los ventanales. “Los niños lloraban, unos se cogían de las manos y otros se abrazaban. Y entonces vimos cómo una marea muy sucia venía a toda velocidad y chocaba contra el muro de la escuela”. El tsunami llegó filtrándose entre las calles y ya debilitado después de arrastrar cuanto encontró a su paso. Aún así, alcanzó dos metros de altura y arruinó la primera planta. Una mujer con las piernas amoratadas cuenta que colgaba de la puerta de su coche cuando lo arrastraba la corriente. Otra llora de alegría tras haber encontrado a su niño. Diez niños permanecen desaparecidos. A Takeo Harumi lo despertó el terremoto y los vecinos le informaron de un aviso de tsunami escuchado en la radio. Puso a la familia en el coche y enfiló a la montaña más alta. Ahí pasaron la noche, escuchando por la radio lo que ocurría. “Regresé preparado para lo peor, pero lo que vi superaba cualquier película de desastres”. A lo lejos, los equipos de rescate sacan un cadáver de un carro. La escena coloca al cronista frente al fracaso de lo inefable. Valen los tópicos: panorama desolador, escenario dantesco, postales apocalípticas, la ficción superada por la realidad… Donde debió haber asfalto sólo hay barro. Hay calles obstaculizadas por redes de coches apilados. Todas las fachadas están pintadas de marrón. Cuesta pensar que aquí vivieran 40.000 personas una semana atrás. Se han recuperado ya 320 cuerpos en los tres días que siguieron a la ola. No hay cifras de desaparecidos, pero los vecinos hablan de cientos. La mayoría de cuerpos se extraen de los coches. Muchos fueron engullidos cuando circulaban por la carretera que escolta el mar. El responsable de las operaciones, que no devela su nombre, espera recuperar muchos más con la llegada de maquinaria para remover los escombros y el barro. Los plazos se aceleran porque la putrefacción de los cuerpos amenaza con enfermedades. Faltan medios y personal. Muy pocos murieron en sus casas. En Japón, con una legislación escrupulosa sobre la construcción, es posible que una ola de diez metros no afecte la estructura de las viviendas unifamiliares. Los cuerpos se llevaban los primeros días al gimnasio, pero la falta de espacio aconsejó trasladarlos ayer a una escuela. A un hombre que busca a su tía se le dice que no podrá verlos hasta mañana. Es una decisión injusta e inhumana, que le tendrá otro día preguntándose si su familiar se cuenta entre ellos. Libera su indignación y tensión frente al responsable, llora y sube la voz, pero sin llegar al grito ni al insulto. Éste reconoce su responsabilidad en el error y se disculpa con continuas reverencias. Sólo la extremada educación japonesa permite la gestión civilizada por ambas partes de una situación tan sensible como esa. El responsable es un buen hombre. Ha trabajado sin descanso durante tres días. Vio cómo traían a su tía. No sabe nada de sus padres y sus cuatro nietos. “No quiero verlos aquí, aún tengo esperanzas”, cuenta. Y finalmente se libera y llora.