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Sí señor, ya que me lo pregunta le diré, le digo, que soy un cartero de muerte, o que lo fui, si es que usted prefiere la precisión.
Lo fui durante más de 20 años, después de un tiempo en el que llevaba y traía cartas de todo tipo. Cartas de buzón, como las llamábamos en la oficina. Luego, por una corta enfermedad, me relegaron a un cuartucho con unos amplios ventanales que no daban a ningún lugar para que no tuviera que caminar tanto, y allí comencé. Cuando me explicó el trabajo, el jefe de correos dijo, muy sonriente, que era un oficio literario, y comentó que Herman Melville había escrito sobre un tal Bartleby, escribiente, quien se había dedicado a esa labor una parte de su vida. Hizo una pausa, bajó su sonrisa, y enseguida aclaró que Bartleby había sido un hombre muy genuino, particular. “Un hombre que era capaz de responderle a cualquiera ‘preferiría no hacerlo’”.
Antes de irse sacó una carta de su abrigo y la dejó sobre mi escritorio. El destinatario era un hombre radicado en Villavicencio, Pedro López, y la remitente, una mujer de caligrafía muy fina llamada Julia Valverde, a quien habría que devolverle la carta. Era la primera, señor. Usted comprenderá que ante tal circunstancia, mi curiosidad desbordaba cualquier asomo de ética. Además, pensaba entonces y lo pensé por muchos años para justificarme, el hombre estaba muerto, y su amante era una amante sin rostro, un personaje de novela. Una mujer como tantas otras a las que el amor había destrozado, aniquilado. La abrí, ya se lo dije. La leí. Me perdí entre los trazos de dolor de aquella Julia. Lloré, sí, lo admito, y al día siguiente fui en persona a llevarle su carta, sólo para conocerla, pero ella también había muerto.