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La sensación siempre es la misma: a pesar de que no hay nada nuevo bajo el sol, pasar de un año a otro crea la ilusión de poner el kilometraje en ceros, de volver a barajar las cartas, de iniciar el camino con nuevos bríos. Eso sucede en lo personal y en lo colectivo.
En lo primero, se hacen planes, se esbozan proyectos, se prometen las mismas cosas de todos los años. En lo segundo, es como si fuera el primer día de la creación: nueva voz, nuevos decretos, nuevas caras, nuevos estilos…(Viejos problemas).
El primero de enero, estrenamos gobernadores y alcaldes. Algunos seguirán en las mismas, otros tratarán de destorcer las torcidas artimañas de sus antecesores. Los vectores de nuestra realidad determinarán su éxito o fracaso: los efectos de la guerra, los estragos de la naturaleza, las consecuencias de la corrupción, privada y publica. Narcos, bandas criminales, guerrilla, delincuencia común, hampones de cuello blanco, miseria, desplazamiento, atonía política, y en el medio, alguna esperanza.
Es el caso de Bogotá: para el nuevo alcalde es claro que gobernar la capital requiere manejar, con destreza y determinación, esos vectores de nuestro drama. No es posible sacar a Bogotá del hueco con una actitud de calculada asepsia política (al estilo Lucho Garzón), como si ese monstruo de mil cabezas fuera una isla o se curara apenas con resolver la movilidad, pavimentar, de pies a cabeza, calles y avenidas, y poner en cada esquina un pelotón de policías con armas automáticas.
Desde su discurso de la victoria, Petro ha planteado, palabras más palabras menos, que el ejercicio del poder local se entremezcla con el nacional, que su proyecto para Bogotá, no puede desconocer las grandes realidades históricas del país. Por supuesto, hay asuntos locales que deben resolverse con eficiencia administrativa y desarrollo de consensos entre las diversas fuerzas políticas. Pero el tema de la guerra y la paz, la Ley de Victimas, el retorno de los desplazados a sus territorios usurpados, el acceso pleno a salud, educación, vivienda, servicios públicos, son grandes desafíos que debe enfrentar, con sus propias respuestas, una alcaldía que dice llamarse progresista, de izquierda.
Tendrá que pisar callos, enfrentarse a los intereses creados que han acabado con la ciudad, defender el interés público, de golpe tener roces con el poder central, en escenarios tan sensibles como el manejo del orden público, el ejercicio de la fuerza, y la manera de enfrentar la ilegalidad armada en Bogotá. La Alcaldía no es una oficina más del gobierno central, no hace parte del inventario de la Casa de Nariño, como si fuera un mueble viejo. La paz social, la seguridad ciudadana, el desarrollo económico, la transparencia administrativa, la participación política efectiva del pueblo en los asuntos locales, son objetivos decisivos para una gestión que de verdad quiera dejar huella profunda en la capital del país. Ahí estará la medida exacta del éxito (o fracaso) de la era Petro.
Rebeldía a la carta
Fue el personaje de la revista Time. Desde enero hasta diciembre de 2011, ocupó primeros lugares en todos los medios y en las redes sociales. Fue una ola mundial, que sorprendió por su fortaleza, su determinación, su perfil y su juventud.
La rebeldía, la indignación, la protesta civil, ciudadana, están de moda. Miles ya le perdieron el miedo a la nueva nomenclatura rusa. China ya tiene sus puntos críticos de insurgencia ciudadana. La crisis financiera global, la ineptitud política, el autoritarismo, movilizan a millones en todo el planeta. El 2012 promete ser igual o más agitado.
Por mi parte, deseo un nuevo año tan movido como el anterior, en el que caigan los tiranos, podamos sentar las bases de un nuevo contrato social, de una nueva democracia, en Colombia y en donde “sea menester”.