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Mensajes de fin de año

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La historiadora de Dios y biógrafa de Mahoma Karen Armstrong, ha dicho que la religión es como el sexo: si se lo practica bien puede conducirnos a una experiencia sublime.

Si la comprensión de lo trascendente, en cuyo centro se encuentra el aceptar la necesaria contingencia de todo lo que hoy nos parece necesario, nos hace más amables y responsables con el porvenir, entonces la práctica religiosa es tan sublime como el buen sexo.

Si por el contrario nuestra convicción es la de un Dios que odia lo que odiamos y ama sólo lo que amamos, ella nos hace antipáticos, prestos a juzgar a los demás como viviendo en la ignorancia, o a suprimir al otro con el fin de defender lo que supuestamente nos ha sido revelado como verdadero. Entonces la religión puede ser tan desesperanzadora y traumática como el mal sexo, y más vale alejarse de ella.

Dicha reflexión es propicia a la hora de considerar dos de los mensajes de navidad y fin de año leídos la semana pasada por los líderes de la religión católica y la de Inglaterra.

En su mensaje a los ingleses transmitido por la BBC, Benedicto XVI recordó que Jesús había nacido en la oscuridad y la pobreza, lejos de los centros de poder, y que sin embargo su ejemplo era sublime. Al escucharlo recordé aquella advertencia del sublime escritor uruguayo Eduardo Galeano: no confundir la grandeza con lo grandote. Solemos pensar que quienes hacen historia son los líderes militares, los presidentes, los capitanes de empresa, el Papa, las celebridades y los sabios, lo grandote. Pero en realidad, las lecciones de grandeza histórica provienen de los olvidados y los desposeídos que son quienes esperan y cuya esperanza cambia el mundo.

A ellos se refirió el Arzobispo Rowan Williams en su mensaje. Antes que pontificar acerca de la situación allende las fronteras europeas, el jefe de la iglesia anglicana se refirió de manera crítica a las violencias internas que están destrozando a Inglaterra y Europa: “sea que se trate de quien sin pensarlo destruye una tienda que sirve a su comunidad, o del especulador que ignora la cuestión de quién responde en últimas por las consecuencias de su aventurismo en la realidad virtual del mundo financiero actual, nuestra situación hoy es la de átomos dispersos en la oscuridad.”

Ello sugiere que la pregunta del porvenir no es tanto qué hacer, sino quién puede hacerlo. Nuestro problema es la escasez de medios de acción colectiva. Si ello es así, el año que comienza nos dirá si en las movilizaciones globales de los desposeídos y los olvidados se encuentra la respuesta.

No podemos predecir el resultado, pero sí el que los condenados de la tierra elevarán sus medios de acción colectiva al nivel de la tarea que los confronta. Y en ello se cifran lo divino y lo sublime, la esperanza del año que comienza.
 

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