Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Uno oye todos los días frases que comienzan con «Es que la gente…» y terminan con algún reproche irrefutable: es que la gente tira basura en la calle, o no tiene cultura política, o no lee, o no denuncia, o compra contrabando, o evade impuestos. Es tan larga la lista de defectos de la gente, que uno llega a pensar que el planeta sería un buen vividero si no fuera… ¡por la gente! Todas estas acusaciones son ciertas, pero la verdad es que en el 2011 la gente se pellizcó. Veamos.
Todo empezó en Sidi Bouzid, Túnez, en diciembre de 2010, cuando un vendedor callejero de verduras se inmoló porque la policía le confiscó sus productos. El acto desencadenó una rebelión nacional de protesta por el alto costo de la vida, el desempleo y la corrupción, y ocasionó la caída en enero del 2011 del presidente Zine ben Alí, que llevaba 23 años en el poder. La chispa del descontento se regó por todos los países del norte de África, alcanzó Asia y cobró las cabezas de viejos dictadores.
En febrero renunció el presidente de Egipto, Hosni Mubarak. “El día de la ira”, una manifestación de 500.000 personas convocadas por Facebook en la plaza Tahrir de El Cairo, puso fin a sus 23 años en el poder.
Después cayó Alí Abdullah Saleh, presidente de Yemen por 33 años.
En octubre cayó el pez más gordo, Muamar Gadafi, después de 42 años enquistado en la presidencia de Libia.
Hasta la encopetada Europa se estremeció. En varias capitales los “indignados” protestaron por la falta de trabajo y el descenso de su nivel de vida. Son tan grandes los problemas económicos de Italia, España, Grecia, Portugal e Irlanda, que la Comunidad Europea contempla seriamente la posibilidad de pedir la ayuda de China, ese ornitorrinco que mezcló exitosamente economía de mercado y socialismo de Estado, y que, a su vez, alberga serios problemas sociales y de derechos humanos en medio de un opulento y sostenido crecimiento económico.
Hasta en Colombia se sintió el poder de la gente. Con un movimiento caracterizado por buenos argumentos, creatividad y pacifismo, los estudiantes lograron echar para atrás una improvisada reforma educativa. No han ganado la guerra pero coronaron una batalla importante.
Incluso gente tan distinguida como los estudiantes de Harvard se hicieron sentir. En noviembre protestaron contra una “cátedra de economía acrítica” que pretende que la orquesta siga tocando como si nada cuando el trasatlántico del mundo hace agua por todas partes.
Todo esto lo ha hecho la gente con la simple ayuda de las redes sociales, esas tribus que algunos miran por encima del hombro. Por estas razones considero que ella, la gente, es el personaje del año.
Es verdad que estos movimientos no están muy estructurados, y que los grandes problemas siguen ahí, y que los sucesores de los sátrapas derrocados no inspiran mucha confianza, y que las potencias metieron la mano en la revolución de Libia. Pero también es cierto que gracias a estos movimientos, y a las ya insoslayables falencias de la economía de mercado, el 2011 marca un punto de quiebre del nuevo desorden mundial. Nadie en su sano juicio pretende que el péndulo vuelva al socialismo, pero ya muchos analistas piensan que es hora de que los estados vuelvan a coger las riendas que en mal momento dejaron en manos de banqueros y negociantes. Quizá es hora de inspirarse en los estados del bienestar, esa política humana que sacó a Europa de la postración de la guerra y la llevó a vivir un período tan próspero como el que disfrutó entre 1950 y 1980, hasta que llegaron Reagan y Thatcher y destilaron el mar de babas en que naufragamos viscosamente.