Vamos, pastores, vamos (Una historia pastoril)

Lorenzo Madrigal
23 de diciembre de 2019 – 12:00 a. m.

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No sé si les habré contado que un día, hace ya muchos años, tres jovencitos se aventuraban a pie por los caminos y montañas de Boyacá, al oriente. Concretamente, cruzaban el páramo de Pesca en dirección a la población contigua de Toca.

Había sido una mañana de sol que se tornó, al mediodía, en tempestad de rayos y centellas. A ellos los sorprendió la lluvia en el páramo, en un sitio exacto desde el cual no se vislumbraba ningún otro monte, pues era la cúspide.

Habían previsto el invierno. Sombrero, bordón y esclavina (una capa impermeable sobre los hombros), como se acostumbraba en los campamentos scout. Pero era peregrinación, no escultismo. Añadían a lo anterior el vestido talar o la sotana, puesto que eran aprendices de religiosos. “Padrecitos”, les gritaban los niños y niñas campesinas, a veces portando un canasto con huevos o panela, pues ellos no llevaban comida ni manejaban dinero; sólo andaban con las plantas de los pies heridas, pues la jornada venía larga.

La situación en aquel cenit paramuno era extrema. Su inexperiencia los conducía a desafiar el peligro que significaba ser el objeto más alto entre arbustos y frailejones, en una tempestad eléctrica. Otra perplejidad consistía en no saber por cuál desecho de camino descender para reencontrar la vía a Toca, su destino, toda vez que distintas bajadas se ofrecían, nubladas por la bruma.

Uno de los tres tomaba las decisiones ese día y encabezó una oración al arcángel de los caminos, san Rafael, para luego señalar con el índice uno cualquiera de los rastrojos de descenso. Se enrumbaron por ahí, agachados por el peso del aguacero que más que todo acongoja y doblega . El paso no podía apresurarse, pues sus botines se deslizaban y pensar en refugiarse no era imaginable. Algo de pánico soplaba en medio de la alegría propia de los 17 años, cuando la vida reciente desafía al mundo.

Comenzaban el descenso del páramo cuando un ser viviente apareció como de milagro, si es que no lo fue. Un chico del campo, ataviado de mugre, cuidaba en una cueva natural un pequeño aprisco, cuyas ovejas no estaban más limpias ni menos empapadas que él. La pregunta era obvia: ¿Por aquí se llega a Toca?, a lo que el niño, de unos 14 años, respondió: Así van bien, encontrarán una casa verde, algo más abajo, y de ahí…, en fin, les dio las instrucciones del caso.

Los tres respiraron tranquilos. El chico de las ovejas y aquel paraje parecerían salidos de un cuento pintoresco, pero no, toda la tonalidad era opaca y el clima helado.

El pequeño pastor se asomó para observarlos bajar, y fue entonces cuando el que indagó por el camino se devolvió a preguntarle por su nombre, a lo que el muchacho respondió con simpleza campesina: “Rafael”. Nombre usual en Boyacá, pero, créanme, esto ocurrió y es para mí una asombrosa historia.

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