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Saber leer el viento es una virtud que toma años desarrollar y si se le suma el aprender a usarla a favor de uno, el reto es mayor. El navegante colombiano Simón Gómez aprendió a interpretar lo que ocurre en ese punto en el que el cielo y el agua se juntan. El culmen de ese entendimiento se dio el pasado mes de diciembre, cuando se coronó campeón mundial de Sunfish en Salinas, Ecuador.
“Yo ahorita tengo 24; desde los 16 años comencé en esta categoría, a incorporarme y desde los inicios los mundiales eran la meta más grande, porque son el evento de esta modalidad de mayor prestigio. Entonces, desde un principio, siempre fue el objetivo y el sueño realmente poder ganar, cosa que nadie en Colombia había logrado hasta ahora”, rescató de esa experiencia en diálogo con El Espectador.

El nuestro es un país donde casi nadie sabe explicar qué es la vela, mucho menos qué es el Sunfish, una de las modalidades más populares en América. Se navega con una sola vela triangular montada en un casco pequeño y estable. No requiere trapecio ni timón complejo, y el control se basa principalmente en el equilibrio del cuerpo y el ajuste de la vela.
El título mundial conseguido en Salinas fue la consecuencia de un plan de 18 meses de preparación específica. “En años anteriores lamentablemente no pude tener los apoyos necesarios en mi preparación y muchas cosas no se me daban, ya que para ganar un evento de esos toca alinear los planetas y, mejor dicho, hacer muchas cosas bien para tener las probabilidades de lograrlo”.
La historia de Simón no empezó en una bahía famosa, sino en un “laguito chiquitico” en la Mesa de los Santos, el lago Acuarela. Sus papás lo subieron por primera vez a un barco cuando tenía cinco o seis años. No le gustó. Le tomó un par de años encontrarle el placer. Fue entre los siete y los ocho años cuando por fin lo logró: “Desde ese entonces me la paso en el agua”. Su vínculo con la vela viene también por la sangre. Nació en Iquique, Chile, de donde es su papá —chileno y navegante—. Su familia materna sí es colombiana. Creció en Santander y eso se nota en su acento.
Simón insiste en que la vela es extremadamente compleja incluso para quienes llevan años compitiendo. Hay días de viento fuerte en los que la preparación física es la prioridad, con constantes trabajos de resistencia, fuerza y recuperación.
Hay jornadas de brisa suave, barcos lentos, decisiones milimétricas en las que pesan la técnica, la táctica y la estrategia. Cuando hay cuatro o cinco nudos de intensidad, considera que su deporte, por el tipo de esfuerzo que requiere, se parece más al ajedrez; cuando toca hacer 20 o 25 nudos, se acerca más al boxeo o al ciclomontañismo. Considera que no hay condiciones climáticas más duras que otras. Lo difícil es cuando cambian constantemente.
Por eso, el trabajo físico en tierra parece diseñado para un atleta múltiple. Simón habla de la preparación del navegante como un entrenamiento híbrido: un día como ciclista de fondo, al siguiente como levantador de pesas, luego como triatleta, después calistenia. Se combinan bases aeróbicas extensivas, intervalos de alta intensidad, levantamientos pesados, trabajo de “core”, estabilidad, fuerza específica. No se prepara para un solo tipo de esfuerzo, sino para todos a la vez.
En ese rompecabezas apareció una pieza clave, el argentino Martín Alsogaray, entrenador con experiencia en tres Juegos Olímpicos. Ese fue uno de los grandes cambios rumbo al Mundial. Su preparación supuso invertir recursos que el sistema nacional no le ofrecía —situación que también se sufre en otros deportes— y que, en su caso, salieron de su familia. En medio de una crisis económica para el deporte, fueron sus padres quienes lo respaldaron.

Un ajuste clave que se dio tras la victoria en Ecuador fue el de “creerse el cuento” de que era parte de los mejores. No venía de Australia, Nueva Zelanda o Hawái (EE.UU.), donde la vela es parte de la cotidianidad. No tenía los mismos recursos ni vivía en un lugar donde todo el mundo navega.
“Yo comencé a lograr cosas muy joven y eso nunca lo entendía muy bien, porque yo no venía de un mar así súper épico para navegar, ni de los mejores entrenadores del mundo, ni de los mejores recursos, preparaciones y equipos. Me costó creerme que hacía parte de ese grupo de navegantes élite. Y hasta el año pasado, que logré ganar el Mundial, entendí un poquito eso”.
Comprendió que no todos los caminos a la élite son iguales. Que partir desde un laguito en la Mesa de los Santos no invalida el punto de llegada si el trabajo está bien hecho. Que el valor de su proceso no es menor por ser distinto. Ese click mental —asumirse como regatista de élite y comportarse como tal— parece ser el combustible psicológico para el siguiente ciclo.
El año que viene será clave. En Sunfish, el gran objetivo son los Juegos Panamericanos de 2027. En paralelo, empieza a tomar forma el otro gran sueño, clasificar a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 en la modalidad Laser, diferente a la que es experto, pero que sí hace parte del programa olímpico. Dicho salto le exige adaptar el cuerpo y ajustar aún más el entrenamiento.
En términos simples, el Laser es una embarcación más rápida y técnica, pensada para la competencia: tiene un casco más largo y estrecho, una vela más grande y un aparejo que exige mayor condición física, especialmente por el uso intensivo del “hiking” (sacar el cuerpo por la borda para equilibrar el bote).
Para pelear la clasificación, Simón sabe que tiene que ganar peso corporal sin perder rendimiento. “Ese proceso es relativamente complicado porque no es subir por subir. Uno tiene que subir de peso y aumentar el rendimiento muchísimo. Ese es el cambio más grande. Si logro tener un nivel técnico y de velocidad estándar, como la media de la flota —lo que en el ciclismo sería el pelotón— lo conseguiré”.
El equilibrio entre ambas clases será delicado, pero para Gómez responde a una lógica que ya probó en Ecuador: “Al final, como dice mi entrenador, los resultados tienen que ser una consecuencia del trabajo y de la preparación”. Hoy, con un título mundial a bordo y los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 en el horizonte, para ese niño al que no le gustaba navegar ahora leer el viento es algo más que una virtud, es el idioma en el que está escrito su futuro.
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