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Alejandro Solalinde, el abanderado de los migrantes en México

En 2010 fueron secuestrados 11.333 indocumentados.

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Lo acusaron de ser cómplice, de traficante de menores, de ilegal. El cartel de Los Zetas puso precio a su cabeza y las maras han ido a visitarlo de la forma más descortés, hablando el idioma de la amenaza. Le dijeron que quemarían su refugio con él y los migrantes dentro y los policías que hoy lo custodian le recomendaron dejar de beber del grifo de su lavamanos. Nunca se sabe cuánta maldad puede caber en una gota de agua.

El padre José Alejandro Solalinde, una de las principales figuras públicas a favor de los migrantes en México, contesta el teléfono: — Sí, dígame. Dice estar muy bien durante la mañana soleada que lo acompaña en Ciudad Ixtepec, en el sureño estado de Oaxaca. Está un poco agitado, parece que el día comenzó a un ritmo más intenso de lo habitual: Gael García Bernal, el actor, el sex symbol, está de visita en el albergue, trabajando en la realización de un documental que describe la odisea migratoria de miles que parten de Guatemala y cruzan México para llegar a los Estados Unidos. Es un invitado de honor y el padre Solalinde no puede hablar en este momento. Habrá que llamar después.

— Sí, dígame, ¿una entrevista? Cómo no, dígame.

Entonces el padre comienza a relatar su historia. No recuerda los nombres, pero sus rostros los tiene grabados en la conciencia, como la fecha en que todo ocurrió: 16 de diciembre de 2006.

Era un matrimonio joven de El Salvador que perdió el tren que los llevaría a Veracruz, donde aparece un buen puñado de variantes para viajar al norte. Los vagones partieron sin ellos esa noche y los dejaron sin dónde dormir. Su única compañía era el padre Solalinde: — Yo no podía llevarlos a las iglesias, porque no los recibían, tampoco los podía llevar a mi casa porque la policía y el Instituto Nacional de Migración me querían culpar de tráfico de personas. Tampoco a un hotel porque no tenía cómo. Dos personas se ofrecieron a albergarlos en un cuartico a cambio de dinero. Les ofrecí el billete de 200 pesos que tenía en el bolsillo. Aceptaron y me despedí. Temprano, la mañana siguiente, sin que hubiera pasado el tren, me dijeron que los dos se habían ido. pero, ¿cómo? Los secuestradores me habían engañado”.

El matrimonio, del que el padre jamás volvió a saber, creó en su mente los cimientos del Albergue Hermanos en el Camino, un hogar de paso que completa cuatro años atendiendo a los migrantes, ofreciéndoles comida, vestido, techo, atención médica y buenos consejos, como mandamientos: 1-) Desconfiarás de todo y de todos. 2-) Evitarás meterte en bares o cantinas. 3-) No dirás a nadie que tienes familiares en los Estados Unidos, ni revelarás tu número telefónico. 4-) Si ves un albergue católico, acércate y de los sospechosos aléjate.

El secuestro es sólo uno de los peligros a los que están expuestos los migrantes. Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), entre abril y septiembre del año pasado fueron secuestrados 11.333 inmigrantes en México (44% hondureños, 16% salvadoreños, 11% guatemaltecos, 10% mexicanos), un índice macabro que dejó casi 63 raptos diarios.

— Es triste. Ya verás que si son inmigrantes ilegales es porque a lo mejor están buscando su futuro. Pero los retienen, los torturan, los extorsionan y se comunican con sus familias para cobrar por su liberación. En otros casos los masacran”.

— ¿Y quiénes son los responsables, padre?

— Responsables hay muchos, están las maras que han llegado de Centroamérica. El cartel de Los Zetas y Los Zetitas, que colaboran con ellos, y los más peligrosos de todos: funcionarios del gobierno y la policía que saben qué pasa y no hacen efectiva su lucha. El secuestro, un negocio que deja millones de dólares al año, está infiltrado en el poder.

Pronto todo cambiará. El padre Solalinde, acostumbrado a ofrecer eucaristías bajo un techo de lámina frente a las decenas de migrantes que lo visitan en el refugio, sólo piensa de manera optimista. La semana pasada el Senado mexicano aprobó unánimemente una nueva ley migratoria que otorgaría un permiso de tránsito por el país de 180 días a los indocumentados, lo que les permitiría viajar sin necesidad de permanecer en la clandestinidad, a salvo de los trenes de carga que recorren el país y a los que se montan después de pagar al maquinista, de los accidentes, de las caídas o de los saltos cuando a la vista aparece un control migratorio.

Desde la Navidad pasada, cuando el sacerdote decidió mandar sus miedos al diablo para dejar de pensar en que podrían matarlo en cualquier momento, por alguna razón que él atribuye a Dios, sus días son mejores y la aprobación del Senado es para él la mejor noticia del año:

— Tengo fe en que el proyecto sea aprobado también en la Cámara de Diputados y después sea ratificado por el presidente Felipe Calderón. Todos tenemos que entender que la migración es como una cascada: si usted quiere detenerla, póngale las manos y verá que no importa dónde las ponga, el agua se le va a ir por todos los lados.

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