Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En primer lugar me nace pedirle a Dios que exista. Porque son muchos los argumentos profanos que quieren apartarnos de la creencia.
A mí me duele que mi amigo platónico, Stephen Hawking, haya perdido la fe. Que renombrados científicos digan no haber encontrado el alma en las entretelas del cerebro; que los animales les importen tan poco a filósofos y teólogos, siendo tan semejantes a nosotros (“son nuestro prójimo”, dice, usando un vocablo cristiano, Fernando Vallejo ). Todas estas son mis cuitas a punto de empezar los rezos de la novena del Niño Dios.
Ninguna explicación comprensible existe sobre el origen del universo y de la vida humana, porque, aunque ésta no es la única, sí es la más sorprendente de las vidas, como lo es su antítesis: la muerte. Si somos tan perfectos, por qué desaparecemos tan fácilmente, como si una cantidad de seres posibles estuviera esperando su turno para existir.
Estamos en la prehistoria y ahí nos quedaremos porque el turno de vivir se vence y faltan miles de milenios para conocer los secretos de la llamada creación.
En el solecito que ha comenzado a llegar, reconociéndose diciembre, sobre los charcos llorosos y entre los sauces igualmente pleurants, tengo calma para mirar la abeja que merodea las flores y recoge lo de su labor, que termina en la colmena, obedeciendo órdenes naturales de quién sabe quién. Los creyentes decimos que de Dios creador, pero los científicos influyentes dicen que de la casualidad y de una extraña física evolutiva e incomprensible a nuestra dimensión.
Tengo la curiosidad que tuvo Álvaro Gómez, cuando lo tenían en capilla de muerte los del M19, hoy civiles progresistas. Decía tener una curiosidad periodística sobre el otro lado de la vida, él, que era tan apegado a aquella frase del clásico, según la cual nada podía ser ajeno a su interés.
El Niño llega, me refiero al de Belén, fiesta que en sentido religioso no puede ser más bella ni más alegre; sólo que es demasiado frecuente y la profanidad la volvió costosa, cargante y de villancicos, algunos hermosos, si no resonaran desde septiembre.
Pedirle al Niño Dios (si existe) por ese bien demasiado general y nada comprometedor que es la paz. Por la paz pide Santos, saludando desde una ballenera con un chaleco light (luminoso) y por la paz pide el más desalmado secuestrador de la selva, depredador humano.
Que esta sagrada familia “pesebrera” (como dice la columnista Catalina Ruiz-Navarro), compuesta por padre, madre, hijo y mascotas, escuche ruegos por los que están sobreaguando este diciembre; por las necesidades de los más pobres, de 190 mil pesos para abajo y para arriba; por las madres desoladas y por los niños violentados de todos los noticieros; por Gilma Jiménez.
Y que la próxima Navidad no llegue tan pronto como ésta.