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No es igual decir el Hay Festival de Cartagena que el Hay Festival y Cartagena. Este es un intento por separar la idea de un encuentro que ocurre en la capital de Bolívar de la realidad social y económica de esa ciudad.
Diecisiete años lleva el Hay Festival en Cartagena y cada año sus organizadores y los invitados demuestran que se trata de un encuentro cultural de altura que honra a Colombia. El mundo de la literatura y la cadena del libro luchan contra vientos huracanados que se recrudecieron con la pandemia y que persisten afectando todos los niveles de la producción y en últimas (y no menos importante) al lector. Así que llegar a buen puerto con el Hay es una hazaña que gozo y que apoyaré siempre.
Colombia es un país de escritores que han probado su talento desde mediados del siglo XIX y que, a pesar de ser esta una nación cuyos gobiernos nacionales y locales no ven en la cultura un bien prioritario, siguen arando caminos que han llevado sus letras al reconocimiento internacional. Celebro el Hay y las ferias del libro que empiezan en el mes de abril con la FILBO y que se extenderán hasta el final del año. Que haya más personas en más ciudades creyendo en el poder transformador de los libros es ilusionante.
A la par con lo anterior, es importante fijar la mirada en Cartagena. No deja de ser contradictorio, doloroso y vergonzoso que la ciudad escogida para ese festival de libros y muchos otros encuentros de distintas áreas del conocimiento tenga un deterioro visible en cada esquina, tanto en aquellas donde el poder y la gloria del dinero se muestran con extravagancia como en los barrios marginados de siempre.
La semana pasada desde el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) su director, Juan Daniel Oviedo, aseguró que Cartagena “ha recuperado trabajo y ocupados, pero en una condición más precaria, con menores ingresos y eso también dificulta la solución a esa herencia tan tremenda (la pobreza), pues multiplicó por más de tres las personas en pobreza extrema entre 2019 y 2021, pasando de 38.000 a 128.000”.
Según la encuesta Pulso Social de la misma entidad, siete de cada 10 cartageneros comen menos de tres comidas diarias y la ciudad ocupó el último lugar en seguridad alimentaria entre las 23 capitales consultadas durante el trimestre mayo-julio de 2021.
“Tengo una hermana puta y yo bailo en las calles. Si no hacemos eso, en la casa nos morimos de hambre”, me dijo el pasado 29 de enero una joven integrante de un grupo de rap callejero al lado de la iglesia de Santo Toribio. En todos lados y ante la mirada de colombianos y extranjeros está la explotación sexual infantil y de adultos, y el hambre en la mirada de los bailarines y músicos que hacen sus presentaciones frente a los restaurantes.
En 2021, Renacer atendió a 152 menores de edad que rescató del abuso y la explotación sexual comercial. En RCN, Jeffrey Castro, coordinador de prevención de la fundación, señaló que “en barrios como El Pozón, Olaya Herrera, Nelson Mandela y La Boquilla la extrema pobreza y las condiciones exacerbadas de violencia y venta de estupefacientes hacen que los niños estén en mayor riesgo de ser víctimas de las redes de explotación sexual”.
Amigos del Hay Festival: hagamos parte de un proyecto cultural en un barrio de Cartagena y que sea sostenible en el tiempo. No me cansaré de repetir que no podremos cambiar el mundo, pero sí pequeños universos. Me ofrezco como voluntaria y estoy segura de que sumaríamos muchas voces e ideas para ese fin común. No podemos pasar de agache. Eso, de muchas formas, también nos vuelve cómplices.
* Periodista. @ClaMoralesM