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Si se acercan, los matamos, dicen los inicuos supresores de la libertad al ejército persecutor. El deber constitucional y militar es devolverlos a la libertad, sostienen los oficiales, a nombre del Gobierno.
Ocurre el enfrentamiento, sin éxito militar (puesto que es aleatorio) y los captores injustos disparan a mansalva contra los prisioneros. ¿De quién o de quiénes es la responsabilidad? Obviamente, como bien lo dice el Gobierno, de quien apretó el gatillo sobre los rehenes indefensos.
El Gobierno no los mató, es una certeza. Fueron proyectiles a quemarropa, sin distancia. Afirmar lo contrario es caer en una trampa argumental. Es familiarizarse con la idea de que los captores y asesinos gozan del legítimo derecho de escudarse en sus víctimas.
Si se ha entendido lo anterior, se puede pensar en la prudencia o imprudencia de adelantar acciones armadas, conocido el peligro y la intención criminal del enemigo, parapetado en la selva tras esa mampara de vidas.
Las familias de los secuestrados han suplicado que estas acciones no se adelanten, por el peligro que corren sus seres queridos. Doña Emperatriz de Guevara, a quien siempre escucho con atención, lamenta que no haya que esperar nada bueno de estos captores y, con la sabiduría de sus años y de su dolor infinito y sereno, desestima cualquier esperanza. El sargento Erazo, fugitivo y a salvo, afirma que el rescate hay que intentarlo, pues lo contrario sería anular toda posibilidad de salvación para seres desesperados, en cautiverio insoportable.
La decisión es compleja. Los acuerdos humanitarios estarían bien, pero implicarían un cierto acuerdo, ahí sí, en lo fundamental. Sin que se trate de partes iguales en conflicto, como se llega a decir. En los días que corren los acuerdos no pueden devenir en el perdón y olvido de hace algunos años, cuando no existía el Tribunal de Roma, que funciona en La Haya, y que excluye delitos de lesa humanidad.
El día ha llegado en que viejos actores de la revolución, que fueron practicantes ellos mismos o sus comandos de parecidas atrocidades, a la fecha amnistiados, ocupen los salones de Gobierno. Esto ensombrece aún más los argumentos y como que justifica lo que hacen sus continuadores con iniquidad manifiesta.
(Ilustro con el sargento José Libio).
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Aclaración a Vladdo: Querido amigo: no estuvo este servidor a punto de ser sacerdote ni lo fue, como dice Yamid, interrogándote. Quise serlo (hay eclesiásticos ilustrados y sensatos como un padre Novoa y otros arrogantes y dogmáticos, como los voceros y adjuntos del episcopado, capellanes de un congreso penitente).
Al llegar a la mayoría de edad dejé tales estudios, cuando me faltaban escasos diez añitos para cantar la Santa Misa. Amén y gracias.