
Enfermedad contagiosa
¿Que qué decía mi mamá? Mi mamá decía que la enfermedad mental es la más contagiosa de todas las enfermedades. Que no se contagia por tocar al otro, ni por los fluidos del cuerpo, ni por respirar el mismo aire que el enfermo. No, así no. Se contagia por la convivencia. La locura se contagia por presenciarla, por ser testigo de ella. Eso decía mi mamá.
¿Que qué más decía? Decía que presenciar la locura es como presenciar un crimen. Un crimen que se comete todos los días en tu propia casa. Se repite. Cada mañana. Cada tarde. Cada noche. Algunos días el crimen es peor. Más grave. Más imperdonable. Por eso a los locos los encierran. Los encierran como a los criminales. Por eso yo estoy encerrado. Porque mi mamá dice que soy un loco. Un criminal. Un delincuente.
¿Que qué fue lo que hice? Pues yo no sé bien, pero me lo contaron. Yo me acuerdo de algunas cosas. Pero no de todo. ¿Que de qué me acuerdo? Me acuerdo de que fui a acompañar a mi mamá a la peluquería. Me acuerdo de que me quedé mirando una greca. Y me acuerdo que el ruido del agua borboteando, justo antes de bajar y bañar el café molido, me estremeció.
¿Que qué me dio? Pues no sé, como una cosa, como que me ericé, como que me pasó un escalofrío. Después vi el hilo de líquido oscuro llenando la jarra. Era una jarra grande. Como de veinte onzas. O de pronto más. Y yo no sé qué pasó pero como que sentí una ganas muy pero muy fuertes de ir a agarrar la jarra. Y también ganas de servir el café.
¿Que por qué me dieron ganas de servir el café? Pues no sé. Pero es que eran unas ganas como cuando uno necesita ir al baño. De esas ganas que no dan espera. Yo quería servir ese café. Y entonces lo serví. Vacié toda la jarra. Solo me acuerdo de eso. Pero no me acuerdo de lo otro.
¿Que qué es lo otro? Pues lo del niño. Me dicen que dizque yo serví la jarra de café sobre un niño. Sobre la cabeza de un niño. Un niño como de cinco años. O cuatro. Algo así. Pero yo de eso no me acuerdo. Juradito que no me acuerdo. Me acuerdo ya cuando estaba en el piso, con los dos peluqueros encima mío. Uno me pegaba con el secador de pelo y el otro me apretaba el cuello con un cable. De pronto vi a mi mamá que se me venía encima, dando alaridos. Me pegó. Me escupió.
Estaba toda roja. Roja y loca. Casi siempre fue así. ¿Que siempre fue así cómo? Pues así. Que cuando yo me pongo loco, entonces ella se pone loca y su locura me saca de mi locura. Ese día fue igual. Cuando la vi a ella toda loca fue cuando supe que había hecho algo muy malo. Entonces fue cuando vi al niño, hinchado, ampollado, moqueando, babeando, gritando.
¿Que qué pasó después? Pues que al rato llegaron los de la clínica y me encerraron. Me encerraron en mi celda de loco, de criminal enfermo, porque mi mamá le dijo al loquero que yo ya había cometido muchos crímenes.
¿Que cuáles crímenes? Pues, por ejemplo, le rompí el brazo al vecino. Yo no me acuerdo pero el viejito apareció enyesado. También rompí el panorámico de una patrulla de policía. Yo no me acuerdo pero vi el recorte de la noticia en la Biblia de mi mamá. Ahora dicen que quemé al niño. Y tampoco me acuerdo. Pero pues el pobrecito sí estaba bien quemado.
¿Que cuánto tiempo me van a dejar aquí? Pues, sin saberse. No me dicen. No especifican. A los criminales los condenan a un tiempo específico. Dos años. Tres. Once. Y por buen comportamiento hasta pueden salir más rápido. Les rebajan la pena. Pero a mí no. Aquí no rebajan nada porque ¿qué van a rebajar si no saben cuánto tiempo es la pena de uno?
¿Que quién me visita? Nadie. Solo mi mamá. Ella viene y me dice que se siente enferma. Enferma de tristeza que dizque por mi locura. Y dice que su tristeza ha contagiado a mi papá, que también se siente enfermo por culpa de mi mamá, o sea por culpa mía. Y la enfermedad de mis papás ha enfermado a todos mis hermanos. Y ellos han enfermado a sus esposas.
Y las esposas han enfermado a los hijos. Hay una cuñada, por ejemplo, que cuando el hijo le robó las llaves del carro y se estrelló porque estaba todo borracho, ella le dijo que estaba loco y que claro, que eso era de familia. Pero eso ya no sería contagioso sino hereditario, ¿o no?
* Ápeiron Ediciones (Madrid, España) le publicó la novela negra “La uña roja”. Centro de Posibilidades le publicó el libro de textos cortos “Pequeñas Imágenes”.