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Por: Juan Cruz Ruiz, especial para EL Espectador, Medellín
Este sábado a medianoche comenzaba el cumpleaños de Héctor Abad Faciolince, que nació en una familia de muchos hermanos en Medellín, Colombia, hace 58 años. Es el autor del libro más conmovedor que leí en mi vida, El olvido que seremos, sobre su padre, asesinado por paramilitares el 25 de agosto de 1987 mientras trabajaba en la misma ciudad en la que nacieron él, sus hijos y su mujer, la bella doña Cecilia, a la que conocí anoche.
El padre, don Héctor, era epidemiólogo y profesor, y lo mataron después de que él investigara como epidemia la lista inclemente de asesinatos que ensombrecieron Colombia (y en especial Antioquía, cuya capital es Medellín) a lo largo de los años, mientras la guerrilla hacía lo suyo en las montañas. Estos días, en el Festival Gabo, dedicado al escritor de Cien años de soledad, hablamos de esa otra historia lacerante, que en principio acaba ahora, si el plebiscito por la paz resulta exitoso, y ojalá que acabe aunque ese plebiscito no resulte exitoso.
También hablamos de otro libro importante de Gabriel García Márquez, Noticia de un secuestro; estaba en el estrado una de las principales protagonistas de esa historia real que sacrificó horas, y días, y meses, y años, a la vida libre de los colombianos. Es Maruja Pachón. Su historia tremenda como secuestrada, con otros secuestrados que corrieron igual o peor suerte que ella es el eje de ese testimonio. Se mantiene erguida y bella, y cuenta lo que pasó con las ganas que expresa Gabo al principio de ese reportaje escalofriante: que no se repita jamás esa historia verdadera que contó.
Estuvimos también con la viuda de Guillermo Cano, el legendario director de El Espectador, al que unos sicarios también borraron del mapa, pero no de la historia ni de la significación de su periodismo beligerante y bueno. A ella le preguntaron si perdonaba. El perdón, dijo, es algo íntimo; lo que intentaron ella y su familia es que los nietos no crecieran en el rencor, y esa es su contribución a la reconciliación que ahora se busca con el Sí en el plebiscito sobre los acuerdos de paz. En ese mismo escenario donde estaba la viuda de Cano, Ana María Busquets, tan elegante, tan bien preparada para afrontar las delicadas preguntas acerca de este proceso decisivo, estaba un exguerrillero, Antonio Navarro Wolff, que fue dirigente del M19, llegó a la paz con el Estado, fue gobernador, alcalde, senador y, en fin, político; él no concibe otra respuesta, dijo, que “Sí, Yes o Oui”, y cree que el No sería un desastre para su país. Fuerzas muy poderosas, y muy aviesas, empujan hacia el No.
Entre los más destacados defensores del Sí, “porque ya no me considero una víctima”, está el nobilísimo escritor al que visitamos el viernes por la noche, Héctor Abad Faciolince. Iba a cumplir 58, aunque parece todavía el muchacho al que conocí en Madrid cuando fue a presentar su primer libro en España, Manual de culinaria para mujeres tristes. Tiene una biblioteca inmensa llena de libros de poesía y de novelas inolvidables, con cuya lectura incesante se creó a sí mismo el estilo que arrebata en El olvido que seremos, ese libro simbólico del amor de un hijo por su padre, y por su país, azotado por guerras durante todos los años de la vida del propio Héctor. Si ahora triunfa el Sí, me decía doña Cecilia, la viuda de don Héctor, “Colombia renacerá como país”. Eso es aún más simbólico que el Sí. Renacerá Colombia, y debe ser, para los colombianos, una emoción increíble saber que amanece en las calles y en el cielo y en los cerros una luz sin pena.
En un momento determinado de la noche Héctor nos llevó a su cuarto de trabajar, ante una colina colmada de casitas como luciérnagas. Llovía a mares, había truenos, relámpagos. Una tormenta después de la cual vino una paz que aligeró la angustia de los asmáticos. En medio de esa calma pensé en lo que viene, y se me antojó que lo que viene es tan duro como subir esa colina de luciérnagas. Pero los colombianos la subirán, la subirán Héctor y los suyos. Y al final se encontrarán manos que se parecerán a las benévolas manos de gente como su padre, el médico don Héctor, a quien la historia y su hijo hicieron inolvidable.
* Periodista y escritor español.