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Para un país que a veces se precia de ser el Israel de América Latina por sus operaciones militares milimétricas, en Colombia hay una tolerancia al fracaso que nos deja muy mal librados en esa comparación.
El sargento del ejercito israelí Gilad Shalit, secuestrado por una alianza de organizaciones palestinas alzadas en armas en el 2006, fue liberado hace poco más de un mes a cambio de 1.027 prisioneros palestinos. Shalit duró cinco años secuestrado. Israel aún sostiene que los secuestradores de Shalit son organizaciones terroristas.
Enfrentar este episodio con el de los cuatro miembros de la fuerza pública ejecutados por las Farc en Solano, Caquetá, es como comparar peras con manzanas. Como comparar soldados colombianos con soldados israelíes. Y cuando son tan distintos que no se puede hacer, hay algo que anda mal.
Pero no del mal del que habla el sargento Luis Alberto Erazo, el único que se salvó de ser ejecutado. “Siento que de la misma forma como hay Dios hay mal, y el mal es las Farc (sic)”, dijo Erazo al ser entrevistado en Bogotá.
Todo indica que ese será el mensaje que convoca a la marcha del 6 de diciembre. Una marcha contra el mal, otra vez. Una marcha para reafirmarnos en la unidad lograda en los últimos 10 años alrededor de la idea, cada vez más sólida, de que las Farc perdieron toda su justificación de existir y que utilizan métodos dementes e inaceptables.
Pero debajo de la previsible indignación por la masacre, que seguramente se manifestará de forma saludable en las calles, es posible que se olvide que desde hace una década le dimos el mandato al Gobierno para que se juegue una ruleta con la vida de los secuestrados cada vez que lanza operaciones. Si las cosas hubieran ido de otra manera en Solano, tal vez estaríamos celebrando una operación con nombre, al estilo de “Jaque” o “Camaleón”.
Y no es cualquier olvido. Es como si nadie recordara que al celebrar las liberaciones anteriores, al aceptar los rescates como método de solución al secuestro, ya se había justificado la posibilidad de perder vidas. Las mismas vidas que ahora uno sale a manifestar que es injustificable que hayan sido arrebatadas por las Farc.
Ya está muy claro quiénes son las Farc. “A rey muerto, rey puesto”, dijo Erazo que fue la sensación en la guerrilla luego de la muerte de Alfonso Cano. Ellos la tienen clara: ante los intentos de rescate plomo, compañero, patria o muerte, revolución hoy, mañana y siempre.
El resto del país no debería por qué tenerla tan clara. Preguntarse más cosas antes de marchar es importante. Todavía quedan 12 secuestrados de la fuerza pública en la selva como para pedir un nuevo debate acerca de cómo sacarlos. Porque si el país sigue en la misma unanimidad —tan ruidosa que no deja oír las voces de las familias de los secuestrados— puede terminar como lo que más detesta: a secuestrado muerto, secuestrado puesto, compatriota.