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¿Cuáles fueron las influencias y, en caso de haber alguna y poder mencionarla, cuáles fueron las experiencias personales que lo llevaron como autor a crear una historia en torno a la figura paterna?
Uno construye sobre cosas que conoce, pero al tiempo inventa la arquitectura narrativa que demanda la novela. Siento que es clave escribir sobre cosas que uno sabe. De lo contrario, el lector se da cuenta y se desconcentra.
En el período en que escribí la novela nacieron mis tres hijos. Crecí como papá en la medida que narraba la historia de un hijo que busca a su papá.
Así mismo, tengo seis hermanos. La novela tiene una fuerte carga emotiva entre hermanos. Podría decir, tomando el pelo, que soy un experto en emociones fraternales. Así nos pasa a los que venimos de familias grandes. Las familias son intensas y marcan cada una de nuestras etapas.
En esa misma tradición, muchos de los personajes cargan con un vacío, un rencor hacia el padre. Los hijos de Aristides sienten algo de ello, pero eso no les impide volver a verlo. ¿Cómo construye usted a estos personajes que viven en un conflicto entre el perdón y la reconciliación con su pasado y su presente?
El libro puede verse como una búsqueda de redención para el padre. El conflicto siempre esta ahí, pero es la razón de ser del libro; es la motivación del viaje. Creo que el tema de conflicto-perdón, reconciliación pasado-presente, es una dualidad constante en la vida de todas las personas. Nada es blanco o negro, y esa es una de las cosas que hace la literatura y que la historia valga la pena.
Déjeme contarle una cosa. Antes que los sentimientos, escribí los hechos, los episodios que hacían avanzar la narración. Solamente después alguien me hizo caer en la cuenta de que los personajes tenían que sentir cosas frente a eso que sucedía.
Imagino que cada escritor pone las cosas en distinto orden. Por alguna razón, tuve que aprender a “emocionalizar” a los personajes después de haber vivido las experiencias.
El temor, el rencor, el dolor, la venganza, el perdón, entre otras cosas, vinieron en momentos posteriores a la escritura de lo que sucedía en la novela.
El perdón es uno de los temas que atraviesa a la novela. Existe el perdón entre padre e hijos y, también, una ausencia del perdón y una sed de venganza con la muerte de uno de los hermanos. ¿Son metáforas sobre el presente en Colombia?
Siento que la epifanía es clave para el perdón. Una persona tiene que “ver” algo que no había visto; ponerse por primera vez en los zapatos de otro para entenderlo y empezar a perdonarlo.
Eso me tomó 150 páginas, escritas a lo largo de quince años. Hay algunos perdones que todavía no otorgamos, y hay personas que aún no nos perdonan alguna cosa. Eso demanda que sigamos en busca de epifanías. Aprendemos lentamente. El paso del tiempo es clave.
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Frente al presente de Colombia, la ausencia del padre y la violencia son constantes en nuestra historia.
En la novela aparece un tiempo circular y una repetición de la violencia, fenómenos que se han presentado en Colombia. Además de la venganza, del no perdón, ¿qué otros factores llevan a la reiteración de escenarios que proliferan en un conflicto y cómo desde la literatura se puede romper con estas dinámicas?
A través de la economía creo haber entendido parte de lo que sucede. En las regiones, en los municipios, había más gente de lo que la tierra y la productividad podían alimentar, sostener y traer prosperidad. Alguien se tenía que ir. Alguien se tenía que quedar con las fincas. Por siglos, los hermanos y los primos se peleaban por las herencias. Los vecinos se peleaban por los linderos y la propiedad. En la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX se asociaban en grupos de liberales y conservadores. Eso sumó a la tensión de quién se hacía con el poder local y a los cargos públicos, que era otra forma de sostener a la familia y prosperar, muchas veces con base en la corrupción.
En ese ambiente hemos pasado generación tras generación, hasta antes del narcotráfico. La novela ocurre en 1975, justamente antes del narcotráfico.
Cuenta sobre las generaciones de los primeros setenta años del siglo XX, que se acostumbraron a tener un muerto en cada familia, en cada generación. Es, por supuesto, una degeneración, muy colombiana.
La literatura cuenta esas cosas. Los muertos de cada generación aparecieron cuando los estaba narrando. Ahí caí en la cuenta de que cada generación había llorado un muerto por hechos violentos.
Aún no les podemos decir a nuestros hijos que ese no será su destino. Aún no podemos decir que hemos abandonado la degeneración de matarnos por plata.
La figura del padre no deja de ser interesante, porque además de ser el eje de la historia es la historia de un hombre que fracasó a lo largo de su vida. ¿Cómo asumir la derrota?
He pensado que el lector de una novela acompaña a los protagonistas para verlos sufrir.
Nos emocionamos con los triunfos de los deportistas, pero los entendemos cuando conocemos la cantidad de derrotas, fracasos, lesiones y reveses que han vivido y superado. Me gusta leer entrevistas y libros de deportistas y entrenadores. Son intensas, breves, evidentes y auténticas.
La vida de cualquier viejo es la vida de sus derrotas. Normalmente superan a sus victorias en número, pero sobre todo en profundidad.
¿Cómo entender el fracaso y por qué este elemento resulta llamativo de plasmar en personajes literarios?
Los cincuenta es una edad del reconocimiento. A esa edad uno sabe que sabe; sabe que eso no alcanza y que nunca va a alcanzar; sabe que ya las cosas no van a cambiar mucho (aunque ahora están de moda los late bloomers, que tienen éxitos tardíos); y a los cincuenta sabe canalizar los personales fracasos y logros que lo han llevado a uno hasta allí. La sensación de fracaso también viene del desprecio por las pequeñas cosas; nuestros pequeños éxitos. Se opta por los grandes proyectos, algo muy masculino, y se quita el valor a lo cotidiano, a lo personal, donde podemos asegurar nuestras victorias. Muchas veces el fracaso es un tema de perspectiva.