Leer a Cúcuta

Arturo Charria
05 de diciembre de 2019 – 12:00 a. m.

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La primera vez que supe de la novela Hasta el sol de los venados, escrita por Carlos Perozzo, fue en la universidad. El profesor de Narrativa Colombiana se enteró de que yo era de Cúcuta y me preguntó si la había leído; me habló del libro, del autor y lo que significó esa obra en su momento. Esa tarde, al terminar las clases, fui a buscar la novela en una de las librerías del centro de Bogotá.

Mientras la leía, me preguntaba, ¿por qué nunca había escuchado de ella? La novela fue publicada en 1976 y recoge la vida cotidiana de una ciudad fascinante: eran los años en los que por un bolívar se pagaban más de 10 pesos y, los que volvían de Caracas, duraban meses haciendo comparaciones odiosas con la próspera capital venezolana.

Leer Hasta el sol de los venados es una forma de comprender la identidad cucuteña. En sus casi 500 páginas el lector respira el aire de la ciudad: siempre hace calor, aunque en ocasiones es preferible el sol del mediodía que el sopor de los días de lluvia. El lenguaje es atropellado, los personajes son toscos y el humor es abiertamente ofensivo. No hay ley que valga en tierra de contrabandistas, hay mucho comercio y la prosperidad de los burdeles da cuenta del flujo de dinero que hay en San José de Guasimales.

Pero la novela de Perozzo hace años dejó de publicarse, en Cúcuta no se consigue y en Bogotá hay que caminar para encontrarla. Nadie habla de ella; como si no hubiera existido. No importa que se trate del autor en prosa más importante que haya tenido el departamento, pues hoy ni siquiera su reputación le alcanza para nombrar un barrio, una calle o un parque.

Lo mismo ocurre con otros autores de la ciudad y el departamento. De vez en cuando, alguna antología de poesía nos recuerda, que en la región también hay escritores. Pero este impulso, que en general es autogestionado, nunca recoge a los autores en prosa.

De ahí que una tarea pendiente desde la administración local sea reeditar estas obras y, paralelamente, hacer una estrategia de divulgación que permita que éstas existan en el imaginario colectivo de la ciudad. De nada sirve tener libros sin lectores.

Hay políticas culturales exitosas en otras ciudades que pueden servir como referente para construir la nuestra. Incluso, podría pensarse en un trabajo conjunto entre las secretarías de cultura y educación, para que esta colección haga parte de los planes lectores de las instituciones educativas de la ciudad.

Así, por ejemplo, se podría trabajar con los más pequeños las obras de Triunfo Arciniegas, uno de los escritores de literatura infantil más importantes del país. En bachillerato, cuando se enseñan los distintos tipos de escritura, se leería a los poetas Gaitán Durán, Cote Lamus, Saúl Gómez o Ana María Vega Rangel; textos periodísticos con Miguel Méndez Camacho o Renson Said Sepúlveda; ensayo a través de la prolífica obra de Antonio Donadio y, cuento y novela con Carlos Perozzo y Manuel Valdivieso.

Estas obras son desconocidas por los cucuteños y no hacen parte del currículo escolar. Ahí, hay una oportunidad interesante para que la nueva administración acompañe esa transformación social propuesta en campaña, con la comprensión profunda de aquello que han escrito los autores de la región.

No se trata de crear un sistema educativo en el que solo se enseñe poesía, como soñaba Ugolugo Rangel, uno de los protagonistas de Hasta el sol de los venados, sino de crear un vínculo estético y sensible con Cúcuta, para que la transformación social también consolide una identidad local.

@arturocharria

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