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Proyecto de país

Rodolfo Arango
23 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

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El busto del emperador es una bella ficción escrita por Joseph Roth, testigo trágico del derrumbe del imperio austro-húngaro y la disolución de la monarquía de los Habsburgo luego de la primera gran guerra.

En ese pequeño libro, Roth nos transmite lo que significa la pertenencia a la vieja Europa, cosmopolita, culta, romántica, aunque también monárquica. Pero nada puede evitar las transformaciones económicas que arrastran tras de sí los cambios políticos. El propio Roth y su esposa esquizofrénica serían víctimas de la persecución nazi contra los judíos, situación que lo llevaría al exilio en París y a su prematura muerte totalmente alcoholizado.

Leyendo a Roth la nostalgia lo embarga a uno. Nostalgia por un país que navega a la deriva. Un país llevado de la mano por vengadores como Uribe y por tecnócratas como Santos. Los dirigentes aclamados por el pueblo en los últimos lustros no cuentan con un proyecto de país que incluya a todos y que nos enorgullezca. La educación, el medio ambiente, la cultura, son marginales en la mente de hacendados y economistas que confunden la grandeza de un pueblo con la riqueza de sus élites dirigentes. Quienes han erigido sus carreras políticas sobre la máquina de muerte, amparados en la lucha antiguerrillera, no interpretan los vientos de cambio y los anhelos de las nuevas generaciones, hastiadas de la violencia, de la discriminación, del (ab)uso de los indígenas, vistos más como adorno exótico que como ciudadanos plenos con otras concepciones de mundo.

El ideario santista, basado en que el dinero sacará al pueblo de la quiebra moral y cultural en que se encuentra, está destinado al fracaso. Nuevos vientos soplan en el firmamento de la política en el país. Amplios sectores inconformes exigen reformas estructurales, no al Estado sino al sistema educativo, a la distribución de la tierra, al proceso político democrático. Mientras aumentan la indignación y los reclamos de la sociedad civil, el presidente se pasea por el mundo vendiendo barato al país —como lo demuestran las pírricas ganancias de la minería en Colombia y sus efectos letales para el medio ambiente—; los empresarios se regodean con las perspectivas de nuevos negocios internacionales y los dirigentes de la U y Cambio Radical luchan por su supervivencia, cargando a cuestas su pasado de relaciones con paramilitares y parapolíticos. No asombra que el liberalismo, también aquejado de relaciones non sanctas con cabecillas paramilitares, ofrezca guarida en sus huestes a quienes desean regresar al redil para saciar su apetito burocrático.

En las mentes altruistas e inteligentes de millones de jóvenes está el destino del país. De ellos depende la construcción de un proyecto de largo aliento que renuncie a la estrechez mental de los actuales dirigentes políticos. El estudio de la socialdemocracia europea puede aportar importante material a ese proyecto común. El siglo XX, pese a sus guerras y atrocidades, también dejó un legado invaluable de esfuerzos por hacer de este mundo un lugar mejor donde vivir, en el cual el trabajo digno, la educación, la cultura, la ciencia y el medio ambiente sano ocupen el lugar que les corresponde para esta y las futuras generaciones, desplazando tanto interés por la acumulación de riqueza y el culto al dinero como factor de aprecio social.

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¿Alguien duda que la lentitud del Gobierno en desempeñar sus tareas tenga una clara finalidad?

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