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El fútbol no se entiende sin sus hinchas. Pierde su magia sin los cantos, el bombo y las trompetas que marcan el ritmo de una tribuna que late cada domingo; sin los trapos pintados a mano, sin el grito desahogado y los abrazos entre desconocidos después de un gol. No existe sin la piel erizada cuando suena el himno de la ciudad, ni sin el ritual de llegar al estadio con la camiseta de la suerte, la bendición en el pitazo inicial y la ilusión de trabajar por un objetivo común: ser campeón.
Esa pasión nació hace unos 30 años, inspirada por las barras de Argentina, en los barrios, en las esquinas, en las graderías populares de las ciudades principales del país.
Sin embargo, durante años a esos mismos hinchas se les ha visto solo como una amenaza. Sin voltear la cara a los problemas que aún persisten, se les ha reducido a estereotipos de violencia, drogadicción, disturbios y muerte. Esa mirada sesgada no solo alejó a las familias de los estadios, sino que invisibilizó una realidad mucho más compleja y poderosa: la de los procesos sociales, comunitarios y pedagógicos que nacen desde las barras populares.
Ese tejido social, que lleva años construyéndose, hoy es reconocido y fortalecido por el Ministerio de la Igualdad y Equidad a través del programa “Barrismo social: aguante popular por la vida”. Esta apuesta nacional, impulsada por la Dirección de Barrismo Social que lidera Maritza Ruiz, busca hacer del barrismo no un problema que se reprime, sino una fuerza social que se potencia y que le apuesta a la protección de la vida.
“Los liderazgos que asumieron las barras han llegado a consolidarse y a pensarse como un movimiento social con un contenido político, pero no electoral o partidista, sino de querer ser parte de los procesos de transformación en sus territorios. Han trascendido las gradas y han empezado a hacer presencia en barrios, colegios y otros espacios, no solamente con la consigna de seguir a un equipo, sino de aportar y pensar qué vamos a hacer más allá de solamente ser hinchas”, aseguró Ruiz para El Espectador.
Del aliento a la acción
Esa transformación ya está en marcha desde hace muchos años. En Cali, las barras de América y Deportivo Cali han organizado comedores comunitarios para alimentar a cientos de personas. En Medellín, parches de Nacional e Independiente Medellín han impulsado escuelas para niños y niñas, fortaleciendo proyectos artísticos, deportivos y culturales. En Bucaramanga, sus hinchas han promovido recorridos turísticos, ambientales y futboleros.
En Bogotá, un sector de la barra La Guardia Albi Roja Sur de Santa Fe abrió en 2019 la primera escuela de artes marciales mixtas para integrantes de la barra en la localidad de Bosa. También se destaca el proyecto “Baby Comando”, en el que los Comandos Azules de Millonarios organizan fiestas para niños de diferentes localidades, con regalos, recreación y comida. Todos estos esfuerzos nacen desde la pasión, pero se proyectan como acciones concretas de cuidado y transformación comunitaria.

El Ministerio busca potenciar estas prácticas de convivencia y aporte social en cerca de 12.000 barristas, de los 60.000 que se calculan, o miembros de organizaciones futboleras de 40 barras en 20 ciudades del país. El programa contempla el desarrollo de acciones integrales que fortalezcan los procesos organizativos de las barras y ayuden a derribar las barreras de estigmatización y segregación que limitan su acceso a oportunidades y condiciones de vida digna.
“Ellos vienen avanzando de manera autónoma en muchas cosas, y eso es importante, porque nos permite tener un terreno ya trabajado. Muchos, cansados de la violencia, de enterrar amigos, de ver compañeros en la cárcel, han empezado a cuestionarse y a problematizar estos temas. Se han dado cuenta de que es mejor llegar a una ciudad y sentirse seguros. En algunas ciudades, incluso, reciben a ciertas barras con un sancocho. Es mucho mejor estar en un espacio seguro que llegar a un lugar y sentirse violentado o correteado”, relató Ruiz.
“También han empezado a decir que pueden ser barra, pero que igual se necesita empezar a pensar en el otro como un rival y en el fútbol como una guerra simbólica, en donde necesitamos que el otro exista, en donde hay una guerra que se da desde la bandera más grande, el tifo más grande, la mejor salida, pero que debe quedarse en lo simbólico y no deben materializar hechos de poner en riesgo o acabar la vida con otra persona”, agregó.
Un objetivo común
Para ello, el Ministerio de la Igualdad y Equidad, en alianza con la Universidad Pedagógica Nacional, lidera un convenio con 150 líderes que incluyen: caracterización sociodemográfica y organizativa de las barras, un diplomado en formulación y gestión de proyectos, talleres sobre incidencia política y comunicación, dos encuentros nacionales de barrismo social y la implementación de 40 proyectos de transformación que respondan a las necesidades de sus organizaciones.
“Ellos, en sus territorios, están empezando a organizar grupos focales, por supuesto, de la mano de los profesionales de la universidad. Hasta noviembre de este año se harán actividades, como construcción de historias de vida, cartografía social y corporal, y aplicación de encuestas para saber quiénes son, dónde viven y temas de salud mental”, explicó Ruiz.
“Queremos promover las barras como espacios de cuidado, porque en últimas la barra recibe al chico que sale del colegio, que echan del colegio, que no tiene casa, que no se siente representado en ningún espacio. Y la barra se convierte en ese lugar de pasión, de amor, en el que encuentra identidad. Sus liderazgos se convierten en el papá, en la mamá, en el psicólogo. Porque cada vez más, y con tristeza hay que decirlo, hay un debilitamiento de la creencia de los jóvenes en las instituciones. Entonces estos espacios informales y comunitarios se vuelven los primeros respondientes. ¿Cómo encontramos en ellos esa fortaleza? Pues entregando herramientas para que puedan orientar eso que ya hacen de manera informal, pero que en últimas es el día a día”, concluyó.
El fortalecimiento de estas 40 organizaciones de barras populares contempla no solo formación y acompañamiento técnico, sino también el reconocimiento de que, en muchos territorios, las barras son ya agentes de paz. Experiencias que han permitido generar pactos de convivencia, rutas de atención, redes de cuidado y, sobre todo, procesos de paz territorial en contextos históricamente marcados por la exclusión y la violencia.
Hoy, en un país atravesado por profundas desigualdades, los hinchas vuelven a decir presente. No solo como fanáticos, sino como ciudadanos. No solo como seguidores de un club, sino como cuidadores del barrio, del parche, del otro, pues el fútbol nunca será solo un deporte.

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