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El fracaso del pico y placa como estrategia para facilitar la movilidad está hoy en evidencia, dejando como ganadores a los concesionarios de automóviles y al recaudo de impuestos automotrices al distrito, mientras que en el lado de los perdedores están los ciudadanos de a pie y los ilusos compradores de dos o más vehículos que verán cómo parte de sus patrimonios se esfuma.
Esa mentira cortoplacista dio una sensación temporal de movilidad, para colapsar hoy en un trancón estructural de ideas, junto con la falsa imagen de “progreso” que da ver las calles atiborradas de vehículos, quemando una de las gasolinas más caras del planeta.
Pero la cero movilidad también está en lo social, no sólo evidenciada por el récord mundial de desigualdad en el ingreso que ostenta Colombia, sino por sus indicadores de pobreza que, según la OIT y Cepal, son de 37,2%, muy por encima del promedio latinoamericano, donde los pobres representan el 33% según la misma fuente, al tiempo que la clase media es una de las más pequeñas del mundo según la OCDE, representando el 39% de la población, mientras que en Corea representan al 62%, en México el 53%, en Chile el 49%, en Brasil el 47%, entre otros. Si cada vez hay más pobres y menos clase media, al tiempo que el ingreso se concentra en los más ricos, queda claro que el trancón social en el que está nuestro país es una bomba de tiempo peor que la del tráfico bogotano.
Con el desmonte del pico y placa el paradigma de la oferta y demanda obligará a más de un automovilista privado a dejar su vehículo y tomar transporte público o andar a pie. Esa “libertad de elegir”, pregonada por el neoliberalismo, terminará aplicándose de manera violenta sobre los ciudadanos, ante la falta de soluciones de fondo en el tema del transporte urbano. En lo social, la falta de movilidad no sólo es por el trancón de los menos favorecidos hacia un mejor estrato, sino, curiosamente, de los más favorecidos hacia un menor estrato, pues los ricos no pierden, como quedó probado en la crisis financiera de finales del siglo pasado: si los banqueros tienen problemas, el Estado sale a su rescate, igual que en Europa.