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Colombia y los republicanos

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Buena e ilustrativa la columna de Juan Gabriel Vásquez, «Digresiones sobre un poeta muerto». Sin embargo, no me parece justo decir que «Colombia fue poco solidaria con los republicanos y así nos va».

No lo fue, mucho menos con los intelectuales; de ello dan fe, por ejemplo, el grupo de poetas de Piedra y Cielo, su estrecha relación con los poetas de la Generación del 27 y la publicación, por parte de la Universidad Nacional, de la primera edición del bello libro de Pedro Salinas, El defensor. Si la mayoría de ellos no escogió a Colombia como destino en Latinoamérica, como tampoco se decidió por Venezuela, Ecuador, Perú o Chile, por ejemplo, fue por razones muy distintas a las políticas. Corría el gobierno del presidente Eduardo Santos, tal vez el gobernante latinoamericano más comprometido con la república española después del mejicano Lázaro Cárdenas del Río.

A veces tenemos la tendencia a pensar que la historia política de los últimos ocho años en Colombia es la misma que la de todo el siglo XX. Nada más falso. Basta mirar las realizaciones de los gobiernos liberales de la primera mitad del siglo pasado. Lo que es increíble es que, después de tan importantes logros de nuestra democracia, hayamos retrocedido a políticas de “seguridad” parecidas a las de la época de los chulavitas, que hoy permitieron los mal llamados falsos positivos, las chuzadas y demás linduras con que iniciamos este siglo.

Enrique Uribe Botero. Bogotá.

Despertar

Satisfactorias las movilizaciones pacíficas y reclamadoras de los derechos conculcados por un régimen neoliberal globalizado que todo lo público lo privatiza con intereses particulares mientras la corrupción se esparce por doquier, destruyendo cada una de las instituciones hasta terminar con la gobernabilidad. El Estado dejó de ser el ordenador y regulador de la sociedad, para que las multinacionales impongan sus querencias. Las marchas significan mucho más que reclamar por la ley 30 de educación. La comunidad no quiere más guerra, no más ley 100, desempleo, hambre, servicios públicos imposibles de costear y, menos, la supresión de ellos. En fin, acabar con las inhumanas desigualdades que someten a los humanos a la miseria, a la muerte indigna. Bien por el despertar académico amoroso, el cual debe liderar, por sus conocimientos y juventud, con participación de la sociedad, el progreso del país para sacarlo de la aprehensión mercantilista. Por una reforma educativa de gran interés nacional, donde la universidad sea baluarte y norte de la sociedad.

Omar León Muriel A. Medellín.

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