Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En 2008, cuando Alfonso Cano se convirtió en el comandante de las Farc, hice en esta columna una semblanza suya de cuando se llamaba Guillermo Sáenz y era un estudiante de Antropología de la Nacional, condiscípulo y amigo mío, además de camarada de militancia, pues ambos fuimos miembros de la Juco en los setentas.
Escribí ese artículo por un imperativo personal, reminiscente y periodístico, pues creí que a los lectores podría interesarles un testimonio sobre la juventud de un personaje del que apenas comenzaban a tener referencias noticiosas ya en su condición de sexagenario y líder reciente de esa organización guerrillera. Inevitable entonces que a causa del operativo militar que causó su muerte, el pasado 4 de noviembre, varios medios hayan reproducido fragmentos de esa columna y publicado declaraciones que se me pidieron en aquel entonces y, por supuesto, hace una semana.
Algunos amigos no izquierdistas, y casi diría que de derecha —mi repertorio de relaciones es muy plural—, me han dicho que fue temerario de mi parte haberme dejado entrevistar sobre el tema. Es probable. Y desde esta columna les respondo que aunque debí ser paranoico para no equivocarme, me exasperó que amigos de hace 40 años de Sáenz —según lo afirmaron algunos periodistas— eludieran referirse a él, y hasta lo negaran, razón por la cual no vacilé en atender las preguntas que se me hicieron. Y no por valentía, que de eso carezco, sino por simple lealtad para con mi propio pasado.
Porque si el requisito para poder expresarme abiertamente sobre un amigo de antaño, al que no volví a ver nunca más, es que el mismo no haya tenido una existencia posterior dramática, o un final sangriento por haberse alzado en armas, me tocaría forzosamente enmudecerme a propósito de varios, quizá bastantes, miembros de mi generación juvenil, sobre todo aquellos con quienes compartí aula universitaria.
Y no acepto eso. Yo no niego lo que fui ni puedo olvidar a quienes fueron de mi entorno y afecto hace cuarenta años e incluso menos tiempo. No voy a dármelas de grandilocuente invocando que todos mis contemporáneos de entonces tuvieron un devenir trágico, pues muchos de ellos gozan hoy de su jubilación u ocupan posiciones influyentes y, claro, no pocos sobrellevan una pobreza no extrema y algunos una miseria calamitosa. Estos últimos, como protagonistas de crónicas e historias, suelen apasionarme más que los que vivieron en contravía de las normas y marcaron una impronta que suele llamarse espectacular. De modo que es a pesar de que Alfonso Cano fue abatido por novecientos hombres y cuarenta aeronaves que esta antigua amistad provoca mi interés. A mi percepción sobre su estilo de vida en los tiempos en que nos frecuentábamos, no le cuadra toda esa logística guerrera que terminó ultimándolo, pues su temperamento era reposado y sin los aspavientos que desde temprano caracterizan a los guerreros.
Se me atraviesa en la memoria otro amigo, Álvaro Fayad, intenso en el trato sólo si lo que se discutía era un asunto teórico grave, pero de una serenidad para lo cotidiano que no hacía augurable que se convirtiera con el tiempo en la cabeza de uno de los grupos armados más intrépidos. De modo que la balacera en la que cayó eliminado me sigue pareciendo una incoherencia respecto a su gestualidad y contextura. No fue ese el caso de Pizarro, tipo atlético, quien mostraba unos reflejos de hombre de armas incluso ante lo baladí. Era de los que se salía de la ropa aun en discusiones de estética. Un hombre nervioso y alerta.
Luis Otero Cifuentes era la gentileza en pasta. Su fragilidad corporal y su sentido del humor no permitían calcular que le cupiera en la cabeza el diseño y la jefatura de una acción como la del Palacio de Justicia, en la que tuvo una muerte apocalíptica.
Definitivamente uno nunca se imagina cómo van a terminar sus amigos.