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En la crítica coyuntura que sufre la Eurozona no faltan los oportunistas que se enorgullecen de echar en cara que el fracaso se debe a las políticas paternalistas del Estado de Bienestar europeo y que, según ellos, raya en un socialismo casi soviético, debido a un supuesto exceso de beneficios para los ciudadanos europeos, como educación gratuita, salud casi gratis y sistema pensional paternalista.
Sin embargo, olvidan que los bancos franceses y alemanes que están a punto de enloquecer si Italia se declara en bancarrota son totalmente privados y fueron quienes en últimas suministraron la droga al vicioso.
En España será inevitable la pérdida del poder por parte del Partido Socialista a favor del Partido Popular de derecha, en Grecia el sucesor de Papandreu es de la más ortodoxa línea en materia económica y en Italia el señor Berlusconi cede el poder a “Super Mario”, no tan derechoso como él pero con un lío tremendo para solucionar. Los oportunistas no han demorado en decir que la izquierda fracasó en el poder europeo, olvidando el desbarajuste de gobiernos de derecha como el de Sarkozy en Francia, así como el lastre que ha tenido que cargar el presidente Obama en los Estados Unidos por cuanta del nefasto manejo económico de Bush hijo.
Ni la izquierda ni la derecha tienen la solución al problema. Los banqueros igual le prestan a cualquier régimen drogando con créditos a gobiernos y dirigentes débiles para financiarse mediante reformas tributarias estructurales, o de reducir el gasto asistencialista en momentos en que buscan reelecciones indefinidas. En Colombia gozamos de una relativa salud fiscal, pero con una deuda social infinita, que se evidencia con el hecho de ser el país de peor inequidad o concentración de la riqueza en el planeta.
Lo que falló en Europa no fue ni la línea socialista, ni la de derecha tradicional, sino la falta de control de sus gobiernos ante los cantos de sirenas de los banqueros que históricamente sólo han buscado favorecer su ambición infinita, haciéndose los ignorantes con aquella antigua máxima ricardiana de que “la deuda de hoy son los impuestos del mañana”.