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La discusión acerca de beneficiarios y perjudicados por los tratados de libre comercio, especialmente el suscrito con EE. UU., muestra un aspecto trágico: el desinterés de parte de sus defensores a ultranza, así como de los detractores ideológicos, por la calidad en la educación, investigación y desarrollo, determinantes en la capacidad de innovación. Son claves a la hora de competir in situ (bienes y servicios que ingresarán a nuestra geografía, libres de arancel) o en los mercados de nuestros socios comerciales.
La discusión y las alarmas se dan en el terreno de “lo mismo de antes”. Que los lecheros y los productores de arroz serán arrasados. Que son muy pocos los productos colombianos que podrán entrar a los EE. UU. Que se crearán, rápidamente, 250 mil empleos (sin que el autor de la frase, el presidente de la República, aluda a la calidad de los puestos de trabajo que se generarán).
Los tratados pueden ser una oportunidad para incursionar con nuevos repertorios de bienes y servicios y empleos de calidad en los mercados mundiales. Hay valiosos asomos en sectores como biotecnología, animación digital y proyectos aeroespaciales, moda y creaciones artísticas, que indican que el talento colombiano está ahí, disponible, a la espera de esquemas frescos de capital de riesgo, colaboración con la universidad, apoyo a la investigación.
Ello, sin embargo, no ocurrirá en forma seria y sistemática en un país cuyos líderes gubernamentales, empresariales y académicos no estén sintonizados con las claves de la innovación.
Con tanta alharaca desde el principio de la década (alrededor del ALCA) y luego con el TLC con los EE. UU., es imperdonable que Colombia no sólo perdiera diez años en materia de infraestructura vial, sino que se rajara en calidad en la educación, inversión en investigación y desarrollo y, en general, en las actividades de ciencia y tecnología.
Aparte de los pobrísimos resultados de pruebas como Timss (Tendencias en Matemáticas y Ciencias ) y Pisa (Evaluación Internacional de los Estudiantes, incluida la última prueba acerca de las competencias de lectura en ámbitos digitales), suficientemente reseñados en los últimos años, que apuntan a la baja calidad en ciencias y lectoescritura en la educación básica, da pena el desempeño de indicadores asociados a la capacidad de innovación.
Un país como Colombia, que invierte US$8 por habitante en investigación y desarrollo (Canadá, US$763; fuente, Ricyt), cuyos residentes, durante un año presentan en total 121 solicitudes de patentes en 2008 de sus oficinas locales (Corea, 127.114; Ompi, 2010), al que en promedio le otorgan menos de nueve patentes al año en los EE. UU. (a Corea, 5.500 en promedio anual), difícilmente será asociado a una economía emergente que valora el conocimiento porque compite con bienes y servicios intensivos en éste.
El talento de los jóvenes está a la espera de un liderazgo público y privado que está ausente.