Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Las pasadas elecciones locales y las dificultades del expresidente Uribe para mantener su relevancia política parecen mostrar que el andamiaje multipartidista amenaza ruina y está siendo mantenido con respirador artificial por la Unidad Nacional.
En los últimos veinte años hubo dos grandes intentos por derrotar al bipartidismo. Se suponía que el segundo lo había logrado definitivamente, pero es posible que reaparezca, modificado. El primer intento provino de la Constituyente, conformada mayoritariamente por fuerzas ajenas a él, que lo desnaturalizó. Pero el bipartidismo respondió con el sistema de “operación avispa”, que lo desmembró, pero le permitió sobrevivir una década más. A principios del siglo XXI la conjunción de dos crisis profundas, económica y de seguridad, arrasaron al partido en el poder, el Conservador, y al mayoritario, el Liberal, que en lugar de oponerse a la fracasada política de paz del Gobierno e interpretar el clamor ciudadano de orden, timoneó hacia la izquierda, cediendo el escenario político a una propuesta populista de autoridad que ganó las elecciones en cabeza de Álvaro Uribe.
Pero en lugar de formar un nuevo partido político que compitiera con los dos tradicionales, o de incorporarse al que pertenecía desde su visión ideológica, el Conservador, Uribe recurrió a desintegrar el sistema político en pedazos promoviendo la formación de seis nuevos partidos. Lo hizo por tres razones: porque su propuesta de autoridad había asumido una forma caudillista, por definición contraria a instituciones políticas fuertes y sustentada en un apoyo popular suprapartidista; para derrumbar al Partido Liberal, su único posible contradictor; y para disimular el apoyo de amplios sectores de la coalición vinculados a la parapolítica.
Las últimas elecciones mostraron que los nuevos partidos son débiles y deben aglutinarse para ganar, o colgarse a candidatos con atractivo electoral, y que el Partido Liberal no sólo no sucumbió, sino que individualmente es el más fuerte y el de más vigencia ideológicamente. Es decir, que el nuevo multipartidismo sobrevive artificialmente a base de clientelismo y no ha echado verdaderas raíces, por tres razones: la tradición política colombiana no ha sido de tendencias políticas marcadas, sino de partidos aglutinadores de diferentes matices que convergen hacia el centro en procura de legitimidad en medio de la violencia política; porque desapareció el fenómeno caudillista que lo mantenía, pues la descendiente popularidad de Uribe ya no tiene expresión política electoral; y porque el nuevo presidente movió la agenda pública desde la derecha extrema del espectro político, hacia el centro, consiguiendo atraer a los partidos de centro y empujando al de izquierda.
El artificio multipartidista sobrevive gracias a lo que queda de uribismo, que aunque no maneja ningún partido, porque el control de la U está en manos del presidente, actúa como una facción extremista de derecha, al estilo del Tea Party estadounidense. La amenaza al presidente Santos de dividir la Unidad Nacional si retorna al Partido Liberal es la única arma que le queda al uribismo. Pero el 30 de octubre esa amenaza perdió mucha fuerza. Falta ver la favorabilidad popular con la que el presidente llegue a las elecciones de 2014.