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La opinión pública española no está particularmente bien informada de ningún gran tema internacional.
Pero eso no significa que los españoles lo reconozcan. Al contrario, el ciudadano medio entiende que sabe tanto como el que más de dos grandes asuntos: moros y cristianos, en su versión contemporánea, palestinos y judíos, y de Francia, sobre todo de lo poco que nos hace justicia el país vecino. ¿Y de América Latina? De ese gran asunto, que debería ocupar un lugar de honor en la mente de los españoles, se sabe bastante menos.
Pero sobre Colombia no ha dejado de haber secularmente un punto de vista positivo, acrecentado, si acaso, en los últimos 10 o 15 años. El punto de partida sigue siendo histórico: en Colombia se habla el mejor español de América Latina; dicho como verdad revelada. El interés contemporáneo nace con una sucesión de excelentes embajadores como Ernesto Samper, María Emma, Marín Bernal, que lo sabía todo de España, el vicepresidente De la Calle, Ardila, Villegas —pese a su breve estancia—, Noemí, Carlos Rodado y el actual, Sardi de Lima, con la evidencia de que todos eran prominentes personajes de la vida política colombiana, ministros, sólidos candidatos, y hasta algún presidente. A los españoles nos gusta que se nos tome en serio.
Se siguieron los avatares de la presidencia Samper, y son muchos los que se congratulan —nos congratulamos— de que sea tan buen expresidente como habría sido presidente, si hubiera podido; gustó con su cordialidad efusiva Andrés Pastrana, de quien yo escribí una vez que “había nacido para ministro de España”; y fue un éxito indiscutible, tanto para la derecha como la izquierda, Álvaro Uribe, fundamentalmente, creo yo, porque se le percibía como más español que los propios españoles. Los que votamos —aunque sólo sea con el corazón— en las elecciones latinoamericanas, lo hacemos mucho más a la nacionalidad de origen —troncal, es decir, española— que a la filiación política. Por eso, entre otras razones, Alberto Fujimori, por ejemplo, no podía ser un éxito en España.
Y así llegamos a Juan Manuel Santos, que está revolucionando el país. No les voy a contar a ustedes lo que está haciendo, pero sí cómo se ve desde España. Apenas inaugurado le dio la vuelta a la política exterior colombiana. Estados Unidos, sí, pero Venezuela, también, dejando la ideología allí donde no moleste a los intereses nacionales. Y encontró un interlocutor complaciente en el chavismo caraqueño, lo que le permitió situar a María Emma Mejía de secretaria general de Unasur. Se propone restituir la propiedad y la justicia en el medio rural, terreno en el que sin duda encontrará las mayores dificultades. El propio Santos, en un brevísimo aparte, hace unas semanas con ocasión de un foro de Euroamérica en Bogotá, admitió que “los próximos doce meses serían cruciales” para la gran operación de justicia y paz. Y lo último, que está todavía caliente. La disolución del DAS es tanto como una presentación de excusas por cuenta ajena a toda la nación colombiana, aunque algo tendrá que apañar en su lugar como servicio de información. Y aunque parezca un tema menor, algo fuertemente significativo: Colombia se ha abstenido en la votación para el ingreso de la Autoridad Palestina en la Unesco. Todo un avance.
El resultado de las pasadas elecciones viene a corroborar la apreciación popular de lo que hay corrido de presidencia. Victoria en casi todos los frentes, y derrota en ninguno, del proyecto de Unidad Nacional. Y los que están formalmente por fuera del acuerdo se identifican, como Rafael Pardo, perfectamente con la idea. Aníbal Gaviria, liberal, elegido alcalde de Medellín, con justificadas aspiraciones algún día presidenciales; Sergio Fajardo, otro tanto, y en la Gobernación antioqueña por el partido de los Verdes, que es como decir en su propio nombre; y Gustavo Petro, alcalde de la capital, en trance de reinventar la izquierda colombiana, pero dispuesto a colaborar con el poder allí donde coincidan sus respectivos caminos. Justificadamente, Santos ironizó en la clausura del acto citado, que desde su himaláyico porcentaje de aprobación popular decía a sus hijos que “sólo podía ir ya para abajo”.
¿Estira el presidente Santos más el brazo que la manga? El novelista barcelonés de origen chocoano, Óscar Collazos, lo expresa con la tersa dicción propia de su obra: “Aún no se ha tropezado (Santos) con la Colombia profunda”: la de los subsidios a los legisladores, la de los paramilitares dueños y señores de extensos predios, la de la inseguridad ciudadana que repunta en todo el país. Y hasta el mismo Uribe Vélez, que no se da por vencido tras el magro resultado electoral, y sigue aspirando a una gran plataforma política, a la cabeza, quizá, de un partido político.
La opinión informada española contempla hoy con renovado interés la escena política y social colombiana. Una Colombia que España, medio desmoralizada por la catástrofe económica, puede ver como ejemplo de convicción de ser. Hoy Colombia gusta e interesa. La cosa empezó hace ya algunos años, cuando a un presidente liberal se le incendiaba la casa cada mañana, para que no pudiera hacer otra cosa que apagar fuegos. Juan Manuel Santos ha llegado cuando ya se había dominado el incendio.