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Trabajo doméstico y políticas migratorias: ¿Estados Unidos como modelo?

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Históricamente, el trabajo doméstico ha sido desvalorizado y ha tenido una sobresaliente carga social, pues se ha percibido a quienes ejercen esta ocupación como el punto de comparación de lo que no se debe llegar a ser. Por ejemplo, en la época de la Conquista fueron esclavas sin recibir pago. En la actualidad, países como Estados Unidos han creado múltiples formas para acceder al servicio doméstico a un bajo costo debido a las visas especiales y, según organizaciones como Human Rights Watch, esto se convierte en una modalidad de tráfico de personas, especialmente mujeres.

De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), hay al menos 67 millones de personas ejerciendo esta ocupación en el mundo, donde el 80 % son mujeres con una alta probabilidad de vivir la relación entre migración y pobreza. En el caso de los Estados Unidos, el trabajo doméstico entra en la esfera de su historia de esclavitud, segregación y explotación de inmigrantes. Según los datos de la Encuesta de Población Actual 2020, el 52,4 % del gremio son mujeres negras, hispanas e isleñas, y más de un tercio han nacido fuera de los Estados Unidos. Además, ellas tienen tres veces más probabilidades de vivir en la pobreza. Sin embargo, la segregación se manifiesta cuando la legislación de Estados Unidos excluye a este gremio del marco normativo que garantiza los derechos laborales compuesto por la Ley Nacional de Relaciones Laborales —normatividad que garantiza a los trabajadores el derecho a formar sindicatos—, la ley que establece las normas de trabajo justo y la Ley de Seguridad Ocupacional y de Salud. Adicionalmente, el país no ha ratificado el Convenio 189 de la OIT, que establece los derechos y principios básicos para proteger a las trabajadoras domésticas, una población legalmente excluida y vulnerable.

Los contextos de vulnerabilidad a los cuales se encuentran expuestas las trabajadoras del hogar se intensificaron durante la pandemia. De acuerdo con la OIM, las trabajadoras domésticas migrantes han tenido que elegir entre exponerse al virus o perder sus trabajos. En mayo de 2020, de acuerdo con un informe de la organización The National Domestic Workers Alliance, el 90 % de las trabajadoras hispanohablantes en Estados Unidos perdieron su trabajo sin indemnización alguna ni apoyo económico. También tuvieron que elegir entre ser madres o trabajadoras y sufrir explotación laboral, puesto que muchas veces su estatus migratorio les impide movilizarse con tranquilidad.

Aunque el panorama en Estados Unidos suena aterrador, todavía hay esperanza, pero no es precisamente por la elección de Joe Biden, porque el Partido Demócrata ya estuvo en el poder sin realizar algún cambio favorable para el gremio. El activismo es el protagonista en la batalla legal hacia el reconocimiento de los derechos de estas mujeres. Un movimiento de trabajadoras domésticas nació para exigir el reconocimiento de sus derechos en The Domestic Worker’s Bill of Rights.

Miles de mujeres están peleando ante cada estado el reconocimiento de sus derechos. Estados como California y Nueva York ya aprobaron una carta de derechos, pero aún no es suficiente, pues hay dos millones de trabajadoras en todo el país.

Efectivamente, Estados Unidos tiene una deuda con las trabajadoras domésticas, pero como sociedad aún tenemos una tarea de valorar la economía del cuidado. Estas mujeres cuidan a las personas y sus hogares, ahora debemos cuidarlas y, sobre todo, reconocer que el trabajo doméstico es una ocupación con valor. Por eso, hoy el punto de reflexión nos invita a pensar en las consecuencias de los roles de género y cómo algunas políticas migratorias, especialmente de “roles femeninos”, pueden obstaculizar el camino hacia la anhelada igualdad de género.

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