El 21: construir y no destruir

Pablo Felipe Robledo
13 de noviembre de 2019 – 12:00 a. m.

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La marcha convocada por distintos sectores para el 21 tiene, entre muchas, una motivación política inocultable: protestar contra el gobierno Duque.

Hay mucho de lógica en ello, pues existe la idea más que generalizada, de que estando en el período de luna de miel con el poder, a Duque casi nada le ha cuajado y su mandato ha estado plagado de fracasos, desaciertos y peleas necias mal casadas.

La mayoría identifica a Duque como un gobernante inexperto que no supera el período de prueba como aprendiz, a un gabinete que no ha dado la talla y a un partido de gobierno que le ha hecho mucho mal al presidente. Gobernar aferrado al sectarismo, al retrovisor, a buscar disculpas y no soluciones, lo ha llevado a mantener una bajísima favorabilidad, inédita al comienzo de un mandato.

El cambio que muchos le hemos suplicado a Duque ha tenido una respuesta tan displicente y destemplada como el famoso “¿De qué me hablas, viejo?” con el que le contestó al periodista Jesús Blanquicet. Hoy, hasta fervorosos seguidores se han quitado la venda de los ojos para demandarle un giro radical.

La gente tiene el derecho a marchar contra un gobierno cuando siente desacuerdos. El derecho a invitar a marchar y en efecto marchar, lo ejercieron Uribe, Duque y todos los militantes del CD no solo para protestar contra el gobierno Santos sino hasta para exigirle su renuncia. Suena bastante ridículo, que ahora pretendan ellos mismos, descalificar las invitaciones a marchar y a los futuros marchantes, graduándolos de vampiros, apátridas y golpistas, pues si así fuera, ellos en el pasado lo habrían sido y con tesis laureada.

Al final de cuentas lo que le está ocurriendo con Duque es lo que afirma Obama: “Si ganas una campaña electoral dividiendo a la gente, no serás capaz de gobernarlos más tarde. También serás incapaz de unirlos después”.

Sin embargo, la protesta que se anuncia va más allá de glosar al gobierno Duque. América Latina se está convulsionando; se está levantando contra sus dirigentes, de derecha o de izquierda. La gente está hastiada de los malos políticos y sus falsas promesas; de la corrupción pública y privada; de la falta de trabajo y los bajos salarios; de los intocables y la impunidad; del régimen pensional; y, de la alteración del estado de derecho para perpetuar “dictaduras democráticas”, so pretexto de su antojadizo estado de opinión.

Sí hay razón para protestar y exigir un cambio, pero no para el vandalismo. Para legitimar la protesta, hay que marchar en paz, con la frente en alto y sin capuchas, sin destrozar los bienes públicos o privados, respetando a los demás y salvaguardando a la fuerza pública, quienes son también parte de esta Colombia que reclama cambios.

El gobierno debe actuar con madurez. Graduar de “enemigos de la Patria” a los marchantes es insensato, no evitará las protestas, ni hará que salgan menos personas a marchar. Al contrario, contribuirá a sumar protestantes y a que ese día, salgan a todo menos a manifestarse pacíficamente.

Puede que sea la hora de protestar, pero debe quedar claro que es para construir, no para destruir.

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