Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
A medida que se pronunciaban las palabras y el entusiasmo crecía en las cerca de 14.000 personas que asistían al McKale Center, en la Universidad de Tucson, las memorias se transportaban a los días dorados de Barack Obama, a los tiempos de su campaña y a sus palabras de victoria en el Grant Park de Chicago, con diez veces más público que en esta oportunidad. El presidente acaparaba toda la atención durante el homenaje a las víctimas de la matanza de Arizona, a los 6 muertos y 14 heridos que dejaron las balas disparadas por Jared Lee Loughner, y enviaba un mensaje al país en el tono inspirador y reparador que le dio la bendición de las mayorías en 2008.
“En un momento en el que nuestro discurso se ha polarizado bruscamente, cuando insistimos en arrojar la culpa de los males del mundo a los pies de todos aquellos que piensan de manera diferente a nosotros, es muy importante que nos detengamos un momento y nos cercioremos de que nos hablamos de una forma que cura, y no de una forma que hiere”. Sus palabras estuvieron revestidas de un efecto paliativo —casi analgésico— para la retórica que antes de la masacre dominaba la escena política estadounidense. Las críticas agresivas, expresadas con la terminología de la pasión extrema de la ultra derecha republicana, comenzaban a ser relacionadas con la matanza y dentro del desequilibrio mental de Jared Lee Loughner, los medios de comunicación encontraban afinidades ideológicas con el Tea Party.
Obama regresó a los mensajes de su discurso de victoria en Chicago, cuando aseguró: “Como dijo Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra, no somos enemigos sino amigos. Aunque las pasiones los hayan puesto bajo tensión, no deben romper nuestros lazos de afecto”. Y una vez más, como por aquellos días, fue inevitable que se le comparara con Martin Luther King, John F. Kennedy, Mahatma Gandhi o el propio Lincoln.
La intervención de Tucson marcó el camino de Obama hacia un horizonte mucho más amable y claro que en el que vivía, padecía quizás, en noviembre del año pasado, cuando su partido perdió a manos de los republicanos la mayoría de la Cámara de Representantes y su popularidad alcanzó el peor nivel de su mandato (44%), el desempleo preocupaba a la población y las críticas a su iniciativa de la reforma sanitaria llovían sin cuartel.
Los elogios vinieron de todas partes, incluso de John McCain, su ex rival para la presidencia, quien habló en términos de “estupendo”, y hasta del propio Marc Thiessen, otrora escritor de los discursos de Geroge W. Bush: “Fue valiente. Fue genuino. Y el presidente merece que le demos crédito”. De nuevo Estados Unidos se rendía ante la prosa oral de Obama y medios como The New York Times lo definían como “uno de sus mejores discursos”, una intervención crucial para su mandato y, por qué no, la plataforma desde la cual daba inicio a su campaña para la reelección presidencial el próximo año.
“Obama ha perdido apoyo en parte porque la crisis económica que vive Estados Unidos le ha robado casi todas sus oportunidades para hablar. Se había vuelto muy técnico y matemático, explicando cómo contrarrestaría el impacto. Ahora comienza a mirar hacia atrás, hacia el éxito de su campaña”, asegura Sandra Borda, profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad de los Andes, quien reconoce que si se compara con realidades recientes, en este momento el presidente goza de un respiro político cuando todo parecía susceptible de empeorar a medida que pasaban los días.
Ahora Obama respira más tranquilo porque esta buena noticia se puede leer en los diarios y porque en la última encuesta elaborada por la cadena ABC y Yahoo News se evidencia que el 77% de los estadounidenses aprueba sus últimas gestiones. En los días de diciembre, antes de que la mayoría republicana electa en noviembre entrara en la Cámara de Representantes, el presidente trabajó sin descanso para aprobar proyectos y reformas de las que hablaba en su campaña. Mientras los congresistas pensaban en la Navidad y en su salida, Obama aplazaba sus vacaciones en Hawái para convencer a los republicanos sobre lo importante de sus iniciativas. Así se derogó la ley que prohibía el reclutamiento de homosexuales en las Fuerzas Armadas, se ratificó un nuevo tratado Start con Rusia para reducir en 30% el arsenal nuclear de ambos países y se logró un recorte de impuestos para la clase media.
El último mes de 2010 fue brillante para los demócratas, y el comienzo de 2011 y los hechos de Tucson les dieron la oportunidad para blandir las banderas de la mesura, especialmente porque uno de sus miembros, la congresista Gabrielle Giffords, resultó herida en el tiroteo. Al respecto, Diana Marcela Rojas, codirectora del centro de estudios estadounidenses de la Universidad Nacional, considera que “lo que sucedió da un aire a los demócratas y al propio gobierno para señalar la radicalización de la derecha. El juego político se está centrando en el impacto mediático y era más o menos obvio que, aunque siendo un hecho sensacionalista, iban a aprovechar esta coyuntura como hubieran aprovechado cualquier otra”.
De otra parte, Sandra Borda mira el discurso también con ojos de estratega: “Gabrielle Griffords es una de las integrantes de centro derecha del Partido Demócrata, incluso hasta 1999 se decía republicana, y ese es un grupo muy importante para el presidente ahora que perdió la mayoría de la Cámara. Debe tenerlos y alejarlos de los coqueteos republicanos”.
Sensacionalista o no, premeditado o no, la inmensa ovación que se robaba el presidente de los Estados Unidos con frases como: “Vamos a asegurarnos de no entrar en el típico hábito de la política de ganar puntos y de la mezquindad que siempre acaba diseminándose en el ciclo de vida de las noticias”, lucen ahora como el punto de inflexión de su presidencia, justo en la mitad de su mandato. Tal vez por eso no sea coincidencia que David Axelrod, quien fuera jefe de la estrategia para campaña presidencial en 2008 —definido por Obama en el discurso del Grant Park como “un socio mío a cada paso del camino”—, haya anunciado su próxima renuncia como asesor en la Casa Blanca para tomar las riendas de la campaña de 2012. Esto sin contar la dimisión del ex portavoz presidencial, Robert Gibbs, quien ahora trabajará para la nueva campaña, con el objetivo de ver a un Obama reelecto.
No obstante, los analistas llaman a la calma y sólo recuerdan la creciente popularidad que disfrutó George Bush después de los atentados del 11 de septiembre. Parece que las tragedias aglutinan, pero la crisis económica es un huésped que todavía no se va de Estados Unidos a pesar de que los cálculos digan que cerca de 150.000 empleos se están abriendo al mes y que la economía este año pueda crecer al 3,5%.
En enero de 2013, cuando venga una nueva posesión presidencial, entonces será posible hablar de la resurrección de un líder o, por el contrario, se podrá decir que todo fue un juego de artificio.
Las encuestas que favorecen a Obama
En noviembre del año pasado Barack Obama alcanzó el índice de popularidad más bajo desde que llegó a la presidencia (44%), afectado por la crisis económica, el derrame de petróleo en el Golfo de México y su poca acción frente a la ley antimigrante de Arizona. Sin embargo, el último sondeo, revelado hace una semana por la Universidad Quinnipiac (Connecticut), le otorga un aumento de cuatro puntos porcentuales con el 48% de aprobación y además lo distingue entre la gente como un mejor presidente que George W. Bush y mejor de lo que hubiera sido John McCain. Adicionalmente, otra encuesta, realizada por el grupo de prensa McClatchy y la Universidad de Marist (Nueva York), lo midió entre más de mil participantes, contra sus potenciales adversarios para las elecciones de 2012. Los resultados fueron positivos para el presidente: si enfrentara al republicano Mitt Romney, ex gobernador de Massachusetts, lo superaría con el 51% de los votos contra el 38% de su rival. Si su adversario fuera el también republicano Mike Huckabee, ganaría con un 50-31; y si fuera Sarah Palin, líder del Tea Party, también triunfaría, con un 56-30.