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“Esa ciudad es la mía y Gaviria es un apellido normal. O sea que esto es posible. Se puede”, pensó Javier Mejía cuando vio por primera vez la película Rodrigo D: no futuro. Las calles que le mostraban esos fotogramas eran las mismas que él recorría a diario. Los miedos de esos personajes eran los mismos que lo llevaron a identificar el cilindraje y la marca de las motos para saber si detrás de él venía un policía o un sicario. Vivir en Medellín por esos días era un acto de absoluta valentía o de profunda estupidez. Víctor Gaviria había estudiado en el colegio San Ignacio y Mejía también “Si él pudo por qué yo no”, se dijo, y desde ese día el cine comenzó a ser posible.
Cuando llegué a nuestra cita, lo reconocí por el sombrero. Se lo había visto en la charla “El oficio de hacer cine en Medellín”, que sostuvo con Víctor Gaviria, el pasado 12 de junio, en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Nos encontramos en el Salón Málaga, un lugar en el que se bebe tinto y se respiran tangos. Después de saludarlo, noté que sus medias rojas sobresalían intencionalmente y que su pantalón color salmón combinaba con su sombrilla. Era fácil imaginar que cada elección en su aspecto tenía la intención de comunicar algo, o simplemente se veía tan confiado que parecía que todo lo que lucía lo hubiesen fabricado especialmente para su piel.
Actualmente, Mejía está en la fase final de un documental llamado Sierra, el cura curador, que contará la vida de Alberto Sierra, quien falleció el 19 de marzo de 2017 y fue fundador del Museo de Arte Moderno de Medellín. Cuando comenzamos a hablar le dije que no tenía ninguna pregunta, que se relajara porque yo lo que quería era conversar sobre él y que al final hablaríamos sobre el documental. Aceptó, se recostó en la silla y decidió comenzar por la lista de colegios de los que lo echaron por ser un “líder negativo”. Me dijo que por leer mucho afinó la lengua y que por “preguntar huevonadas” con un poco más de propiedad lo sacaban de todos lados. Cortázar, Borges y García Márquez lo llenaron de dudas incómodas. Finalmente se pudo graduar y se decidió por Comunicación social y periodismo en la Universidad Bolivariana, porque no había carreras de cine. Mientras estudiaba, exploraba. Además de leer, escribía y veía cine: “Una cosa por allá lejana que se veía chévere pero imposible para uno”.
Me contó sobre los lugares que pisó antes de llegar a la historia de su ópera prima Apocalipsur: de la universidad pasó a La Hoja, una revista en la que trabajó como fotógrafo. Por esa época tuvo una tusa que, según él, casi lo mata, pero aprendió mucho de boleros. Le cogió cariño al trabajo y se ganó el CPB de periodismo, lo que lo llevó a concluir: “Hijueputa, si me quedo aquí voy a ser periodista toda la vida”. Renunció. Se fue a gastar la liquidación en el Festival de Cine de Cartagena y regresó a trabajar en el programa Muchachos a lo bien, historias con un enfoque de derechos humanos que luego terminó en las aulas de clase de los adolescentes de la ciudad. Después saltó a un programa infantil que hacía para la Secretaría de Salud. Salió porque sus jefes le dijeron: “Es que nosotros creemos que tú no nos respetas”, y él respondió: “Sí, es que yo a ustedes intelectualmente no los respeto, así que mejor renuncio”, y se dedicó al guion de su primera película.
“Le traje un regalo”, me dijo. Abrió su maleta. Buscó por un rato, se disculpó porque pensó que lo había olvidado y luego sacó de la mochila un negativo con la imagen de Malala, el personaje femenino de Apocalipsur. Después del gesto, se llevó a la boca el vaso de agua helada que ya estaba en la mesa cuando llegué y comenzó a contar la historia de un filme que rodó sin plata ni pretensiones.
¿Y de dónde salió la idea del guion?, le pregunté. Mejía es un tipo nostálgico, los recuerdos le brotan de las entrañas y no puede disimularlos. Sus gestos hablan de la añoranza de esos tiempos en los que su juventud y su atrevimiento lo llevaron a que, por ejemplo, hubiese suspendido el rodaje de lo que sería su primer filme, por una casetera dañada y alcohol en exceso: “Antes de que fuera largometraje, Apocalipsur fue mediometraje, pero eso no existe, y, además, intentamos rodarlo en tres cuartos de pulgada porque no había llegado el Betacam. Eso era una máquina infernalmente grande con una casetera infernalmente pesada y esa vaina se dañó cuando íbamos llegando al Alto de las Palmas. Íbamos en tres carros llenos de comida y plata. Pues nos gastamos eso en trago y nos emborrachamos tres días”. Después me miró con ternura (o compasión) y me preguntó si le había entendido algo de lo que dijo, refiriéndose a los términos que usó para explicarme con lo que pretendía rodar. Se burló de mí con dulzura: “Con todo respeto, Laura, no tienes por qué saberlo”.
La película se produjo con los amigos que se habían quedado en el país y estaban desempleados. Salían diez tipos en bicicleta a buscar locaciones y con Duni Kuzmanich, su gran amigo y un referente cinematográfico para los miembros de la industria, hizo una preproducción muy estricta por la falta de recursos. Rodó con las uñas y la terminó con los dientes.
Apocalipsur nació de la rabia. De una pulsión por aunar voluntades que también quisieran manifestarse en contra del derramamiento de sangre con el que convivían. Si en Medellín aparecía un policía, a correr porque la balacera era fija, o si se parqueaba una moto cerca, las miradas reticentes afloraban: qué susto, qué desconfianza y qué angustia. Y es que a Mejía se le percibe la consciencia. Le afectó la violencia de su ciudad y actuó. Lo conmovía el cine y lo hizo. Se estremecía y se estremece con el arte, y allá llegó.
Después de esa película tan “punketa”, trabajó en televisión, se fue del país, se emparejó, se desemparejó y regresó. Me contó su vida de afán porque no sabía dónde detenerse para darme detalles, pero cuando le pedía frenar para meterme un poco más, me dejaba. Mejía se ve transparente. Pude ver a través de sus ojos la emoción de grabar Vivir era mejor que la vida, una película sobre sus amigos, sobre lo que eran y sobre lo que son. Es un amante de la vida. También vi la oscuridad a través de sus pupilas al recordar lo que sentía en esta Medellín tan azarosa, tan inclemente, tan “hijueputa”.
Actualmente vive en Santa Elena en una finquita con portón rojo a la que le puso de timbre un pollo de plástico que seguramente compró en cualquier remate. Se levanta temprano a escribir y se acuesta tarde después de la “función” de cine diaria. Le gusta cocinar, pero el día de nuestro encuentro no desayunó, así que confesó que generalmente pasa la mañana con un café en el estómago. Cuando le pregunté si tenía hijos, me dijo que no y que tampoco quería. “No estoy dispuesto a sacrificar mi tiempo por nadie”, y se quedó mirándome, tal vez esperando que de mi boca saliera un ¡egoísta! No dije nada, espere que siguiera hablando, y concluyó: “Yo todavía tengo que hacer mucho cine. Mi tiempo será siempre para eso”.