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Pese a algunas declaraciones triunfalistas—en especial de Trump— la muerte de Abu Bakr al-Baghdadi, el autoproclamado califa y carismático líder del Estado Islámico, no constituye un golpe decisivo contra esa organización. Quienes estudian el terrorismo han mostrado una y otra vez que el asesinato y la captura de los líderes —un componente central de la política antiterrorista de EE.UU. y de muchos otros países — afectan poco las capacidades operativas de estos grupos en el mediano y largo plazo si no están acompañados de estrategias complementarias. De allí que algunos se refieren a muertes como la de al-Baghdadi con el eufemismo “cortando el pasto”. Es decir, una acción que ofrece un alivio temporal e impide que el problema se salga de control, pero que nunca traerá una solución definitiva.
Además de no acabar con el Estado Islámico —dada la habilidad de reemplazar a su cabeza y su alta adaptabilidad— “cortar el pasto” puede tener efectos contraproducentes, como lo muestra también el asesinato de Osama bin Laden en el caso de Al Qaeda. Pese a la pérdida de su califato en Irak y Siria y al hecho de que ya no tiene cómo ejercer control territorial, la organización sigue siendo responsable de miles de ataques al año —en especial en aquellos dos países, junto con Afganistán, Egipto, Somalia y Nigeria— al tiempo que tiene filiales en más de una docena en Asia y África.
A su vez, al no atender las condiciones estructurales que dieron origen al Estado Islámico o de cualquier otro grupo terrorista, en sí la muerte de un líder poco ayuda a frenar este fenómeno. Más que la religión o la ideología, nada alimenta el extremismo como la autocracia, el mal gobierno, la corrupción flagrante y la sensación de injusticia, por un lado, y el discurso islamófobo de muchos líderes y medios de comunicación, por el otro, el cual actúa para “confirmar” la narrativa extremista sobre la guerra de Occidente en contra de los musulmanes.
Como si lo anterior no fuera suficiente, la decisión reciente de Trump de retirarse del norte de Siria ha generado condiciones propicias en el ajedrez local (y regional) para que el Estado Islámico se re-empodere. La revocatoria del apoyo estadounidense a los kurdos —sus aliados principales en la lucha contra el grupo terrorista— y el ingreso militar de Turquía a la zona han puesto en cuestión la capacidad de las autoridades kurdas de mantener los 30 centros de detención (que aprisionan unos 11,000 combatientes y simpatizantes del Estado Islámico) y los campamentos para la población desplazada (que pueden concentrar otras 70,000 personas), presas “fáciles” para las actividades de reclutamiento del grupo. Así mismo, la decisión kurda de negociar con su antiguo enemigo, el régimen de al-Asad con miras a permitir el regreso de las fuerzas oficiales a la zona nororiental de Siria para así repelar a Turquía, pone en entredicho la frágil paz lograda allí, constituyendo un factor adicional de riesgo. Por no hablar del rol que asumirán Rusia e Irán en todo esto.
En otras palabras, aunque la mutación específica del Estado Islámico es incierta, lo único seguro es que seguirá.