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Tengo una hermana que habla duro. Durísimo. Sobre todo, cuando habla de lo que conoce. Es auténtica, estudiosa, responsable, sabelotodo. Y esto a veces, entre machistas que somos por crianza, empeora sus oportunidades de convencer. En muchas ocasiones tiene la razón. Se lee los periódicos y las instrucciones de todos los manuales de electrodomésticos. Hemos sido distintas desde casi siempre: yo, más flexible con las reglas y ella, más rígida. Con los estudios y los años, nos fuimos alejando en nuestras convicciones sobre el país. Yo, por el lado de la geografía, pienso en Colombia desde las relaciones de poder entre los estratos, los géneros y las injusticias raciales históricas. Mi hermana, en cambio, se afincó en la ciencia política, desde donde piensa en variables, verdades económicas y reformas para reforzar la legalidad. Ella confía en regulaciones y leyes, técnicos y técnicas. Yo preferiría redistribuciones radicales y reparaciones por exclusiones viejas. Entre desacuerdos, la curiosidad nos hace encontrarnos. Y yo la admiro por ser tenaz y consagrada, por no hacerles concesiones a las modas ni a los ricos.
Quizá su parecido con mi hermana es lo que me hace sentir un cariño fuerte por Claudia López. La conocí en el 2007, cuando me entrevistó para un trabajo como asistente. Fue la primera jefa, entre mentores y profesores, con la que me pude identificar, pues yo, como ella, no era viajada ni recomendada, ni hija de familias de alcurnia. Me di cuenta muy rápido de su disciplina y su curiosidad. De que Claudia leía todo lo que le recomendaran. Además de estar investigando sobre los negocios y amistades entre narcotraficantes, sus ejércitos privados y algunas de las familias políticas más importantes del país, le contaba lo que encontraba al que quisiera escuchar.
Por esos días, lo que más me sorprendía era su seguridad y ver las caras con las que hombres y mujeres establecidos, en la academia, la ciudad capital o la política nacional, recibían sus opiniones, sugerencias o instrucciones. Vi, por ejemplo, la forma en que políticos dueños de grandes extensiones de tierras la miraban burlones, incrédulos de su importancia, desde la clase ejecutiva de los aviones. Vi también cómo intelectuales de derecha e izquierda, con todo el elitismo que viene con el saber, la miraban por encima del hombro y tildaban su trabajo urgente de anecdótico, falto de citas, método o profundidades.
Ante la desconfianza que despertaba su figura, Claudia florecía. Mientras otras hubiésemos sucumbido ante la falta de cordialidad, ella se proponía entender y tener las credenciales de los otros. Me acuerdo de cuando, frente a los desplantes de profesores, decidió sin remilgos ir a estudiar lo mismo que ellos. Frente a sus ideas y sueños de becas, doctorados y campañas, la actitud de entendidos y próceres siempre fue un poco remilgada. Tal como me sucede a mí, a mis hermanas, a tantas otras mujeres colombianas levantadas. Despertamos respuestas que, entre líneas y gestos, se traducen en un “¿esta quién se cree?”. Como me pasa cuando alguien le pide a mi hermana que hable más “pasito”, siento rabia cada vez que atacan a Claudia por “gritona”, por auténtica, por lesbiana, por llamarse Nayibe y no sentirse menos que nadie.
Al final de la década del 80, Claudia se había decidido a votar por Bernardo Jaramillo Ossa, candidato de la Unión Patriótica, y explicó en una entrevista su voto porque él era el único que “estaba convencido de que era posible cambiar este país”. Pienso hoy que mi voto por ella estaría basado en la misma razón. Siento que con su curiosidad terca está convencida de que es posible cambiar la cotidianidad de Bogotá.