Tenemos que empezar a debatir con altura

Aunque cueste creerlo, los colombianos debemos recordar que esta situación no es normal, que se puede hacer política sin destruir al otro, que los periodistas, pese a sus errores, trabajan por el bien del país y que se puede estar en desacuerdo sin odiar visceralmente. / Foto: Archivo
Aunque cueste creerlo, los colombianos debemos recordar que esta situación no es normal, que se puede hacer política sin destruir al otro, que los periodistas, pese a sus errores, trabajan por el bien del país y que se puede estar en desacuerdo sin odiar visceralmente. / Foto: Archivo

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No hay justificación alguna para el más reciente ataque del expresidente y hoy senador del Centro Democrático Álvaro Uribe contra el periodista Daniel Samper Ospina. Decir que alguien es un “violador de niños” sin aportar prueba alguna es un acto irresponsable e ilegal y un gesto de violencia que debe ser repudiado por todos los colombianos sin importar su posición ideológica. Tal vez más angustiante es pensar que este tipo de comportamientos no sólo continuarán presentándose, sino que prometen colonizar unas elecciones polarizadas y llenas de odios irracionales. No puede seguir echándose leña al fuego de los discursos destructores.

En una carta firmada por directores de diversos medios y otros periodistas se escribió que “es tiempo de que el expresidente esté a la altura del enorme poder del que ha venido abusando sin mayores consecuencias”, pues ha empleado en repetidas ocasiones su “estrategia de estigmatizar e intimidar para imponerse en el debate público”. Los periodistas arguyen que el ataque a Samper Ospina es “una infamia irreversible” y “un repugnante acto de violencia que ya ha empezado a llamar más violencia”. Finalmente advierten que “resulta inaceptable que el expresidente siga jugando el perverso juego de rectificar cuando el daño ha sido hecho”, pues, además del daño individual que le produce al periodista afectado, está arremetiendo contra la democracia y el país entero. Suscribimos cada palabra.

Catalina Botero, exrelatora para la Libertad de Expresión de la OEA, le explicó hace un tiempo a El Espectador que no se trata de que los servidores públicos guarden silencio ante el cubrimiento de los medios, sino que deben hacerlo “de manera respetuosa con la libertad de expresión”. El expresidente Uribe se ha demostrada incapaz de hacer justamente eso a lo largo de sus años bajo los reflectores del debate público nacional. Y no es un problema banal. Cuando él habla, desde su posición de poder ineludible en Colombia, millones de personas lo escuchan y le creen. Sus odios tienen entonces una cámara de eco que los magnifica, los distribuye por todo el territorio nacional y pone en peligro a quien quiera que lo haya molestado. Además es una burda estrategia política que le ha funcionado en el pasado y le sigue funcionando; la llamada posverdad personificada. ¿Cuánto más se le va a permitir destruir la reputación de otras personas?

El ataque contra la prensa, no obstante, no es exclusivo del expresidente. Hemos visto múltiples ejemplos de diversos actores que ven con incomodidad a quienes informan desde perspectivas diferentes. Claudia Gurisatti, directora de Noticias RCN, fue víctima de un ataque coordinado en redes sociales por parte de usuarios en descontento con su labor. Si bien ese comportamiento no es ilegal, sí es condenable que el debate público se degrade y sea secuestrado por el matoneo y la burla sin propósito. Tenemos que empezar a abandonar tanta violencia retórica si queremos bajarle la tensión a Colombia.

Especialmente porque estamos entrando en una campaña electoral que promete ser disputada en medio del lodo, las campañas sucias, las acusaciones infundadas, los discursos vacíos y los ataques personales. Aunque cueste creerlo, los colombianos debemos recordar que esta situación no es normal, que se puede hacer política sin destruir al otro, que los periodistas, pese a sus errores, trabajan por el bien del país y que se puede estar en desacuerdo sin odiar visceralmente.

Los retos que enfrenta el país son muy complejos. La corrupción, el posconflicto, el desaceleramiento económico y una cultura política estancada son algunos de los obstáculos que los líderes tendrán que solventar de manera coordinada. Para que los votos sean informados, necesitamos debates de fondo, que demuestren las visiones de un país en tensión, que permitan cuestionar las propuestas, y no que nos quedemos discutiendo sobre quién bloqueó a quién en Twitter. Para bailar, sin embargo, se necesitan dos. El llamado, entonces, va dirigido a todas las fuerzas políticas para que abandonen sus estrategias facilistas y demuestren madurez y capacidad de liderazgo. Colombia lo necesita.

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.

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